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17 DE AGOSTO DE 1850, 169º ANIVERSARIO DE SU MUERTE. FALLECE EL GENERAL DON JOSÉ FRANCISCO DE SAN MARTÍN Y MATORRAS.

El 17 de agosto amaneció mejor, después de varios días de malestares.
Le pidió a su amada Mercedes que lo llevara al cuarto de ella, y que le leyera los diarios, que por causa de su ceguera, ya no podía hacer. Almorzó algo, frugal, y compartió la sobremesa con la familia. Luego del mediodía, comenzó a sentirse mal, y volvió a recostarse. Cerca de las tres, percibió que el final era próximo, y le pidió a Mariano, su yerno, que lo llevara a su cuarto y alejara a Mercedes de alli. Sabiéndose morir, alcanzó a balbucear unas palabras:
-Mercedes, es la fatiga de la muerte… Una vez recostado en su lecho, tuvo una pequeña convulsión, cerró los ojos, y partió del mundo de los mortales el Libertador de Tres Naciones. El reloj que colgaba de la pared, se detuvo. Eran las 15:00 hs. del 17 de agosto de 1850. Se fue sin quejas, ni rencores. Bien podía haberlos tenido, ante la ingratitud de los pueblos liberados. Pero no. Se fue tranquilo, con la tranquilidad que solamente pueden sentir los justos. Pudo haberlo tenido todo. Pero no quiso nada. Y eso sólo pueden hacerlos aquellos hombres que guían sus pasos por el desinterés personal y la vocación de servicio. Concibió grandes planes políticos y militares, prácticamente imposibles de realizar por cualquier mortal. Pero para el General, los imposibles no existían. Organizó ejércitos poderosos desde la nada misma, constituyéndolos en herramientas de Libertad y Progreso. Todo lo hizo sin ambiciones personales, porque no era un Conquistador, era un Libertador de pueblos. Porque allí donde la rodela de su Corvo holló el suelo, allí los pueblos fueron libres. Fue el gran promotor de la Independencia Argentina. Luchó. Presionó para que el Congreso de Tucumán declarara la Independencia de la Provincias Unidas, porque el Cruce ya estaba ahí, y él quería llevar en alto, como símbolo de redención, la Bandera de una Nación Libre y Soberana. Llevó invicta a través de las más altas cumbres de la América a la Bandera de los Andes, a cuya sombra amorosa, la gente pudo sacudirse el yugo de trescientos años de injusticias. Junto a O´Higgins expulsaron de una vez y para siempre al realista de tierras chilenas.
Navegó mares tormentosos en pos de un ideal, llegar al corazón del Imperio Español, en donde con más persuasión que fuerza, logró darle Independencia al Perú. Ya lo decía él: “Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón.”. Porque no era un líder sediento de sangre. Siempre trató de que sus campañas, fuesen lo menos sangrientas posibles.
Y cuando estuvo en el cénit de su obra, cuando podría haberse constituido en Rey si lo hubiera deseado, decidió dar un paso al costado, y entregarse al ostracismo voluntario.
Se condenó el mismo al ostracismo y silencio, no por cobardía o egoísmo, sino que lo hizo porque era fiel a sus principios e ideales. Prefirió el olvido, antes que verse inmiscuido en luchas fratricidas.

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