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CALLE FLORIDA HACIA 1885

La calle Florida tenía un aspecto brillante: el movimiento, el lujo, la ostentación de las cosas y de las gentes, el vaivén de los paseantes, de los desocupados, de los mirones.  A lo largo de las aceras corrían las filas de mujeres hermosas, vestidas lujosamente, tal vez con lujo demasiado ruidoso para salpicarlo en las calles desaseadas; grupoide niñas bellísimas, alegres, frescas, bulliciosas, que conversaban fuerte, dirigiéndose saludos cariñosos de vereda a vereda, como podrían hacerlo en un salón; cortesías correspondidas bien o mal a los “gomosos”, que hacen la moda de los saludos y de las piruetas; cuchicheos mezclados de risas y de indirectas picantes, miradas perdidas, apagadas, rescatadas con sonrisas significativas; la correspondencia en la calle de los que se entienden en la casa, en la hora de la visita, y que no pueden decirse todo lo que quisieran por temor de los que ven y lo adivinan…

Corrillos de empleados que han pasado la piedra pómez y el cepillo áspero para borrar la huella de la tinta de sus dedos afilados, lustrosos, cuidados con esmero; tiesos, cepillados, ajustados a la moda rigurosa, como una llave de precisión, con su bouquet en el ojal, sus bigotes doblados como cuernos y encerados con cosmético perfumado.

Grupos esparcidos en las esquinas, interceptando el paso, haciendo crónica de bailes, de teatros, hablando de la Patti, de Tamagno, de Stagno, de todas esas celebridades del arte, que seducen, que entusiasman con sus notas, y que tal vez se admirarán de encontrarse reunidas en este gran centro, oyendo decir por allá que todavía bailamos en camisa al lado del fogón.

 La calle Florida presentaba el aspecto de un salón inmenso, al descubierto, al aire libre; todos los paseantes hablaban fuerte, sin reposo, sin afectación, nuevos grupos se incorporaban a los ya instalados, y como si alguna noticia extraña, inusitada, hubiese producido alarma, no se oía más que exclamaciones de sorpresa, de disgusto.  Algunos se desprendían de la rueda y tomaban la calle por su cuenta, sin reparar en las señoras y en las niñas que habían venido desde media cuadra dando la última mano a un saludo especial y de circunstancia; otros atropellaban sin miramiento al primero que se les cruzaba al paso y, sin pedir disculpa ni darse por entendido de las protestas del contuso, seguían cabizbajos su camino.

La bulla, el movimiento, el cuchicheo, las risas, las exclamaciones de sorpresa, las despedidas estrepitosas, efusivas y de pésame, hacían coro al ruido de carros, carruajes y tramways que cruzaban en distintas direcciones la estrecha calle.

Un corso

Aquello parecía un corso: larga fila de carruajes lujosos tirados por caballos de raza, algunos improvisados, salidos ayer del caos de la fortuna, arrastrando a sus felices dueños repantigados en sus asientos, como si toda la vida hubieran gozado de la bienaventuranza; otros revelando a los primeros su alcurnia, sus generaciones de carricoches y de antepasados retirados a la vida del campo, con sus remiendos y achaques.

Las vidrieras de las casas de negocio ostentaban sus mejores objetos, como para aguzar la codicia de poseerlos y sublevar los bolsillos del transeúnte.

Brillantes y joyas

Había en un escaparate adornado como un altar, un puñado de brillantes sueltos, sin engarce, apiñados, transmitiéndose el brillo; piedras riquísimas, de gran valor, que parecían moverse, tiritando como salidas de un baño.  Al verlas así, movedizas por la refracción chispeante de los rayos de luz que se quebraban en sus facetas, se las creería animadas como pescadillos saltones.  Un curioso que las contemplaba con avidez, decía sotto voce. “da ganas de comerlas”.  Tal vez esos apetitos de Cleopatra aguzaban más su bolsillo que su estómago.

Largas cadenas de perlas, haciendo guirnaldas en sus estuches de peluche, deslustradas, modestas, adheridas, como clavadas a un zafiro de gran tamaño, parecían desprendidas de un turbante y puestas allí para buscar el seno turgente que debían ostentarlas, como el pie de la cenicienta con el zapato de oro.

En seguida, la larga serie de joyas, de bueno o pésimo gusto, salpicadas de trecho en trecho por objetos de arte.

Más allá los tejidos, los brocados, los muebles de gran valor, lo que cuesta un ojo de la cara y parece esperar con impaciencia que lo rescaten de la exhibición: estatuas, bustos, bronces, cerámica, el bazar continuo que todos conocemos, que hemos visto cien veces, y en el que buscamos instintivamente, al pasar, un objeto nuevo, para recrear la vista.

Todo este cúmulo de chucherías y de cosas inútiles, con su cachet aristocrático y la posición mágica con que están colocadas para herir mejor la retina y el bolsillo del paseante.

Corrillos

La concurrencia se había hecho inmensa.  Por momentos había que detenerse, porque se hacía difícil el tránsito; las conversaciones eran más animadas y por todas partes no se oía más que hablar del ruidoso descalabro de la Bolsa.

Era la noticia de última hora que había llegado a la calle Florida como el preludio de una catástrofe agigantada por el miedo o por el arrepentimiento de los que habían expuesto su caudal, su crédito y tal vez su pan de cada día en la ruleta disimulada.

Los pequeños músicos y cantores ambulantes

En una esquina, se había formado un corrillo democrático alrededor de dos criaturas pequeñas y harapientas que hacían gemir dos violines, sacando algunas notas de “Caramelo”, entre los sonidos desacordes de sus cuerdas, chillonas como un vidrio raspado con un clavo.

Dos pequeños inmigrantes, venidos de quién sabe dónde, tal vez de vuelta de una gira por el mundo, en busca de fortuna y de las caricias que le niega su hogar errante.

Recibían en ese momento una ovación de aplausos y de centavos, que les arrojaban generosamente los que se deleitaban con la escena, generosidad correspondida con una canción popular que entonaban con vos aguda, y con acompañamiento de violín y de silbidos de los muchachos vendedores de diarios, que miraban a los artistas callejeros como colegas; la pequeña tiple podía contar a lo sumo nueve años; parecía una viejecita con su vestido largo, su delantal hasta el suelo, su pañuelo arrollado sobre el pecho y atado atrás sobre las caderas; flacucha, despeinada, de facciones acentuadas, ojos vivos, grandes, inteligentes, comprimía contra el pecho su violín como a una criatura que se acaricia para que no llore.

Su acompañante no tenía más edad que ella; un muchachito movedizo, despejado, con cierto aire de audacia provocativa dibujada en los rasgos de su fisonomía picaresca; bailaba dentro de su ropa más que holgada, y tan pronto hacía mover rápidamente el arco del violín como atrapaba en el aire una moneda de cobre que sin mirarla sepultaba en su bolsillo, conociendo por el tacto su valor.

Algunas vidrieras empezaban a iluminarse con los focos brillantes de las lamparillas eléctricas, que ponían de relieve la inferioridad de los mecheros de gas con su luz triste y amarillenta.

La tarde empezaba a despedirse perezosamente; la neblina avanzaba por las calles como una gran bocanada de aliento; el viento molesto, frío y húmedo, daba la señal de retirada.

En medio de aquel vocerío, de aquella bulla confusa y animada, de aquel vaivén de personas y de vehículos, vimos pasar rápidamente la figura escuálida de aquel personaje romancesco que encontramos en la Universidad y en el anfiteatro.

 Todo el mundo trabajaba, todo el mundo se enriquecía, por todas partes veía palpitar el progreso, el bienestar.

La ciudad se había transformado en diez años.  Si durante ese tiempo hubiese estado ausente, al volver, habría abierto la boca hasta las fauces con el asombro del débil que ve un prodigio en cada adelanto.

 

Fuente

 

Benarós, León – Todo es Historia Nº 156, Mayo 1980

 

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

 

Podestá, Dr. Manuel J. – Irresponsable – Imprenta de la Tribuna Nacional – Buenos Aires (1889).

 

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