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EL ATENTADO CONTRA LA AMIA (Parte II)

El 18 de julio de 1994 el portal Wikipedia org inicia de la siguiente manera : “(…)fue un ataque terrorista con coche bomba que sufrió la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires el 18 de julio de 1994. Se trató de uno de los mayores ataques terroristas ocurridos en Argentina, con un saldo de 85 personas muertas y 300 heridas, y el mayor ataque sufrido por judíos desde la Segunda Guerra Mundial. La comunidad judeoargentina con casi 300.000 personas, de las cuales más del 80% vive en Buenos Aires, es la más numerosa de América Latina y sexta o séptima mayor del mundo”

Los argentinos ese fatídico día nos habíamos levantado como los demás. Algunos eufóricos por una nueva jornada laboral, otros no tanto. A media mañana los noticiosos emiten la s primeras noticias de un atentado contra una mutual israelita de la calle Pasteur pero con el correr de minutos y horas, la vida de los porteños, de los argentinos y también de los hombres de buena voluntad comenzaron a interiorizarse que no había ocurrido un hecho más, que no había pasado cualquier cosa y mucho menos, dicho en términos de una noticia banal, la AFA no había designado los jueces para los partidos del fin de semana.

Todo lo contrario.

El desaliento,  la angustia y si se quiere también la depresión invadían el sentimiento de todos.  ¡Si hasta noticias varias y jamás corroboradas coemnzaron a circular! Una de ellas es que una bomba de similar potencia había sido colocada en la intersección de las avenidas Corrientes y Pueyrredón y que de ser cierto, hubiese agravado inimaginablemente las cosas.

Ese día todos buscaban un interlocutor válido, alguien con quien compartir tanto salvajismo y alevosía pero también el espíritu y el alma hechos añicos.

¿Cómo era posible lo ocurrido? ¿¡A qué mente de todos modos enfermiza se le podría ocurrir un hecho de tamaña magnitud en un lugar tan concurrido como el de la calle Pasteur!? Fueron 85 personas muertas y 300 las heridas, pero pudieron ser muchas más. Tal vez la providencia y en la competencia desleal por cierto, el diablo le había ganado de mano al mismísimo Dios tomándolo por sorpresa.

No faltó quien dejara de preguntarse si no sería oportuno la reiteración del Arca de Noe y que de producirse, pudiésemos disfrutar una vez limpia de tanta corrupción y horizonte perdido, una Humanidad distinta que no se almuerce a otro hombre, que no tire bombas atómicas sobre poblaciones indefensas, que no invente que terceros países tienen armamentos de destrucción masiva cuando sólo unos pocos países sí las tienen utilizando este pretexto, ese discurso, para llevar a cabo y beneficiarse con aquello que se dio en llamar “la guerra del petróleo” cuando inhumanamente se bombardea Bagdad sin importarles donde cayeran las bombas de tamaña capacidad de destrucción.

Esto sucedió en la Ciudad de Buenos Aires un 18 de julio y si bien trágico pudo suceder en otros lugares como efectivamente aconteció en años siguientes.

Muchos sentimos además de angustia, depresión y desaliento, una impotencia atroz. No había respuestas; cualquier palabra estaba de más.

Quienes recuerden esos hechos, ese día, podrán dar testimonio de veracidad de estas líneas. Nos hemos ocupado de traer a nuestra memoria los sentimientos que no cabe duda alguna fue de muchos.

Hoy, sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos si de nada sirvió que el Hijo de Dios hace más de 2000 años viniera a redimirnos de nuestros pecados.

Pagó con su vida y con inenarrable sufrimiento los azotes recibidos, conoció en persona la procesión y que lo clavaran en una cruz al lado de un bandido como metáfora que el Hijo del Hombre era tan bandido como Barrabás. Conoció a Pilatos, quien se lavó las manos y pudiendo decidir otra cosa dejó que lo martirizaran. Conoció la traición de Judas Iscariota que luego se prolongarían de distintas formas y maneras hasta nuestros días sin reconocer límite alguno.

¿Cuál fue su pecado? 

¿Acaso proponer que los hombres y los pueblos fuesen el verbo y sujeto de su propia historia? ¿Es que siempre se estará condenado a ser predicado de las más retorcidas y vetustas ideas?

Su pecado fue, en todo caso, traer el mandamiento del amar al prójimo como a ti mismo sintetizado en la expresión “Todo hombre es mi hermano”.

Llegó y entregó  su vida multiplicando panes y peces para terminar con el hambre de todos. Llegó filosofando con amor, desde el amor y para el amor.

Falleció crucificado, aún hoy lo está y seguirá estándolo mientras algunos pocos se sigan apoderando de la tierra que Dios nos ha entregado (Genesis)

El atentado contra la AMIA fue y es la expresión de un salvajismo absoluto que crucificó y crucifica la filosofía del amor propuesta de quien llegó a salvarnos, a redimirnos de nuestros pecados pero también con su vida diciéndonos que a “A nadie le es lícito la exclusividad de los bienes cuando a los demás les falta lo necesario para subsistir.” (Paulo VI, La hora de los Pueblos)

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