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ELOGIO DE LA INMIGRACIÓN, primera parte

¡TANTAS VECES SE DIJO QUE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES BAJABA DE LOS BARCOS DE ULTRAMAR!  Una y otra vez se repitió con tanta firmeza que resulta necesario agregar algunas líneas a semejante criterio con el sólo objeto de precisar justicia.

Es cierto que la Ciudad o gran parte de ella bajó de los barcos. Al otrora puerto natural que se hallaba por ese entonces en la Boca –estamos mencionando en términos de dos o tres siglos atrás por lo menos- apoyado por los pequeños comerciantes de entonces y luego por las colectividades italianas y españolas.

También no escapaba a esos hechos que la inmigración de ultramar nos traía la llegada de quienes eran perseguidos por razones sociales en sus geografías de origen: ninguna inmigración o ningún inmigrante deja su patria chica cuando abunda en riquezas y comodidades de la vida cotidiana.

Llegaron a Buenos Aires traídos por los vencedores de Caseros en 1852 con promesas de felices venturas pero acá, en la ciudad, en Rosario, Córdoba los esperaba una realidad muy distinta: aquellos denigrantes conventillos donde se hacinaban em piezas de cuatro metros por costado junto a su prole, donde hacían sus necesidades, donde cocinaban en braceros, lavaban la sopa e incluso, como se denunció hacían las mujeres trabajos derivados por los matarifes.

Junto a españoles e italianos, llegaron también turcos, rusos y no faltaron de otras naciones europeas como holandeses, franceses, alemanes e ingleses inclusive.

Todas y cada una de los inmigrantes llegaron con sus sueños y sus deseos de prosperidad pero se encontraron con una ciudad que nacía –valga la expresión- desde lo urbanístico con serios e inmensos contratiempos en materia de higiene y cuidado urbano: la recolección de desperdicios no estaba diseñada ni reglamentada al extremo que era aplastada y pisoteada por las calles; el agua utilizada para cocinar se mezclaba con los pozos ciegos.

En esas condiciones hasta resultaba lógico la continuidad de epidemias que asolaban a los porteños una y otra vez desde aquellos años luego de Caseros.

Todo esto fue muy cierto y hasta sería ridículo negarlo u ocultarlo. Pero en el afán de hacer justicia, aún en términos históricos, la primera ola inmigratoria fue la de los africanos traídos por lo barcos negreros: esclavizados en la peor de las tareas, mano de obra barata, carne de cañón en primera fila en las guerras de la independencia, discriminados (aún hoy lo son), condenados a morir en cuanta epidemia asolaba la ciudad hasta entrado el Siglo XX en donde se los confinaba allí donde con más vehemencia atacaban las epidemias, un dato más o menos oculto de la historieta oficial.

Los africanos fueron, no por elección sí por la fuerza de las bestias, la primera inmigración: cuando menos o cuando mejor, debían aprender oficios para la manutención de las familias patricias en aquella ciudad del demonio.

Es esto, lo que algunos historiadores no han dicho o prefirieron callar.

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