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JUICIO Y CASTIGO A LOS ASESINOS DEL 16 DE JUNIO DE 1955

Planearon atacar la Casa Rosada para matar a Perón. Sin embargo, el 16 de  junio de 1955, hubo 308 muertos y 700 heridos entre la población civil. Fue el anticipo del genocidio. Y la semilla del terrorismo de Estado en la Argentina. 

 Por Tiempo Argentino


Bombardeo 55El bombardeo de una ciudad por fuerzas armadas del propio país es una acción con pocos antecedentes en la historia mundial. El del 16 de junio de 1955 tuvo esa singularidad. Pasado el mediodía de ese jueves, un coro de truenos comenzó a ser audible. Desde el cielo emergía una bandada de aviones en vuelo hacia la Plaza de Mayo. Exactamente a las 12:40, estalló la primera bomba sobre la Casa de Gobierno.

Los días previos fueron vidriosos. En el marco del enfrentamiento de la Iglesia con el gobierno peronista, la procesión de Corpus Christi del 11 de junio mutó en una virulenta manifestación. Concluiría con la quema de una bandera argentina arriada de un mástil y su remplazo por la del Vaticano. La respuesta oficial fue organizar para el día 16 un acto de desagravio, en cuyo transcurso una escuadra de la Aeronáutica sobrevolaría la Catedral. Tal detalle hizo que el contralmirante Samuel Toranzo Calderón, jefe de los complotados contra Perón, adelantara su plan de operaciones: destruir con un ataque aéreo la Casa de Gobierno, con el objetivo de eliminar al General.

El putsch se gestó en las entrañas de la Marina. Hasta el representante de esa fuerza en el gabinete, contralmirante Aníbal Olivieri, era parte de la conspiración. Aquella vez, el Ejército se mantuvo leal al gobierno. Pero los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu no eran ajenos al asunto. El comandante de la III Brigada con asiento en Paraná, general Justo Bengoa se plegó a la conjura a último momento, junto con el integrante del Estado Mayor General del Ejército, coronel Eduardo Señorans. También a último momento, el vicealmirante Benjamín Gargiulo, al mando del Batallón IV de Infantería de Marina, se sumó al complot. A media mañana del 16 de junio, avanzaría con sus tropas hacia la Plaza de Mayo. Tenía la misión de tomar la Casa de Gobierno tras el ataque aéreo. En ese mismo instante, Perón estaba en el Ministerio de Guerra; se había refugiado allí por consejo de su titular, el general Franklin Lucero.

Luego del primer bombazo sobre la Casa de Gobierno, un avión Beechcraft hizo blanco en un trolebús repleto de pasajeros; no hubo sobrevivientes. La escuadra agresora –compuesta por otros cinco aparatos de ese tipo, 20 naves North American y tres hidroaviones Catalina de la aviación naval, junto a diez cazas Gloster Meteor de la Aeronáutica– repartieron puntería entre ese edificio, la plaza y sus alrededores: el Ministerio de Hacienda, la sede de la CGT y una boca del subte. Más de 100 bombas sobre la gente que corría sin rumbo entre lenguas de fuego y humo blanco, bajo el tableteo de las ametralladoras. Trece toneladas de trotyl y miles de balas calibre 7,62 fue el gasto de la jornada. Quedarían allí 308 muertos y 700 heridos.

El plan criminal de los sublevados desembocó en una tragedia histórica. Su propósito: imponer el terror; golpear en forma feroz e indiscriminada con un escarmiento sobre el conjunto del cuerpo social. Por eso se eligió como blanco un escenario simbólico de la movilización popular. Era el anticipo de un genocidio; la semilla que habría de alentar la escalada criminal que culminó en 1976 con el secuestro, la tortura y el asesinato de miles de personas. Algunos de sus hacedores son la prueba palmaria de ello.

 USiNA DEL HORROR. Hay una anécdota que el vicealmirante retirado Máximo Rivero Kelly –ex piloto en el ataque a la Plaza de Mayo– solía repetir con recurrencia. Ocurrió en 1977 a bordo de un avión de Aerolíneas Argentinas en vuelo a Londres, cuando fue invitado a la cabina para conocer a la tripulación. Allí estaba el copiloto Ernesto Adradas. El visitante le preguntó: “¿Usted no volaba en la Fuerza Aérea?” Adradas asintió. Rivero Kelly, entonces, dijo: “Ah. Mire, yo estaba en el avión que iba junto al que usted derribó sobre Puerto Nuevo en el ’55”. No se equivocaba: Adradas fue uno de los oficiales de la Fuerza Aérea que combatió a la aviación golpista. Y desde su Gloster tumbó un North American, guiado por el guardiamarina Arnaldo Román, quien se eyectó con paracaídas. Rivero Kelly acotó, como al pasar: “Me enteré que por eso los peronistas le dieron una casa y un auto.” Adradas no respondió.

Es notable el encono que, a 22 años de los hechos, el marino sentía hacia su viejo adversario. El silencio de Adradas no era gratuito: su interlocutor era ahora hombre de confianza del almirante Emilio Massera, y dirigía la represión en la zona norte de Chubut. Tal vez, en ese instante, su mente haya retrocedido al pasado. 

El 15 de junio de 1955, los jóvenes pilotos navales fueron a dormir sabiendo que al día siguiente rociarían bombas sobre Plaza de Mayo. Ello al teniente  Rivero Kelly, de 23 años, no le quitó el sueño: “No me acuerdo bien como dormí. Debe haber sido con la típica actitud de la acción, como si uno tuviera una regata o un partido de tenis a la mañana siguiente”, dijo en 2005 al diario Clarín. También expuso su visión sobre la matanza de civiles en una acción de combate: “El militar es un hombre que se coarta su propia libertad en forma voluntaria para aceptar el sistema. Un sistema de dar órdenes y de cumplirlas. Esa es la educación típica de los militares. La racionalidad puede llegar a quebrar la cadena de mandos.”

Rivero Kelly cometería luego delitos de lesa humanidad como jefe de la Base Almirante Zar, de Trelew, y en la zona norte de Chubut. En 1982 integró el Estado Mayor de la Armada. Y en el gobierno de Raúl Alfonsín fue segundo comandante de esa fuerza. En 1985 debió presentarse ante la justicia para responder por violaciones a los Derechos Humanos. En 1987, fue beneficiado por la ley de obediencia debida.

Otros jóvenes pilotos del 16 de junio tendrían destinos semejantes. A Horacio Estrada se le imputaron 25 graves delitos cometidos en la ESMA. Apareció muerto de un disparo en 1998. El entonces teniente de corbeta Eduardo Invierno llegó a ser en la dictadura jefe del Servicio de Inteligencia Naval. Tuvo que ver con la muerte del empresario Fernando Branca. El ex teniente de corbeta Carlos Fraguio alcanzó grado de contralmirante, y en 1976 estuvo al frente de la Dirección General Naval, con responsabilidad administrativa sobre la ESMA. El ex teniente de fragata Carlos Carpintero fue a partir de 1976 el secretario de Prensa de la Armada. El teniente de corbeta Carlos Corti fue su sucesor. Y supo ser un visitante frecuente en la ESMA. El teniente de corbeta Alex Richmond fue en 1977 el agregado naval de la Embajada Argentina en Asunción del Paraguay.

Ninguno de los que bombardearon la Plaza de Mayo rindió cuentas ante la justicia. Si los criminales de 1955 hubieran sido castigados, quizás no hubiese existido el 24 de marzo de 1976.

 

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