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La conquista de Pedro de Mendoza (1487-1537)

Aunque las expediciones de Caboto y García en demanda de metal fracasaron, las referencias de la existencia cierta de minas argentíferas, se difundieron en Sevilla y corrieron por toda España, haciendo más efecto que la triste realidad que deparó a los navegantes.

 La conquista del Río de la Plata siguió interesando y hay constancias de que se dieron algunos pasos para continuarla, aunque ninguna realización formal pudo concretarse.  Ofrecimientos para dirigir nuevas expediciones, las hubo de personajes de tanta representación, como el comendador Miguel de Herrera, Alcaide de Pamplona y el adelantado de Canarias, Pedro Fernández de Lugo, mientras tanto Lope Hurtado de Mendoza embajador en Portugal, no dejaba de advertir a su Corte las maquinaciones del rey lusitano para apoderarse de las tierras rioplatenses.

 Urgía enviar un conquistador al territorio amenazado, pero había de escogerse un personaje de capacidad y fidelidad probada, que movilizara la gran empresa de fundar poblaciones, llegar al Rey Blanco y buscar un paso más corto a las Especierías.  Tales condiciones parecieron encontrarse en un caballero de tanto ascendiente como Pedro de Mendoza, natural de Guadix, en Granada, hijo de Fernando de Mendoza, señor de Valdemanzanos y de Constanza Luxan; que contaba en ese entonces poco más de treinta años, y era ya Caballero del hábito de Santiago, Gentilhombre de Cámara del Emperador Carlos V, y gozaba de su amistad y confianza.  En Toledo, el 21 de mayo de 1534, el gran Emperador firmaba la “capitulación”.  Extenso y detallado era el documento, que si le otorgaba franquicias y privilegios, le señalaba exigencias severas.  La amplia jurisdicción de su mando, comenzaba en la zona de Almagro y se extendía hacia la Patagonia.  Los gastos de la empresa debían correr por su propia cuenta, estando obligado a llevar mil europeos y doscientos esclavos negros y levantar en la zona del Plata hasta tres fortalezas de piedra.

Pedro de Mendoza fue a instalarse en Sevilla.  Desde la cama donde se hallaba postrado, atacado de un terrible mal (sífilis), ordenaba el apresto de la expedición.  En toda Andalucía se levantó bandera de alistamiento, respondiendo muchísimos jóvenes atraídos por el afán de la aventura y el logro de prontas riquezas, y muchos extranjeros, flamencos, portugueses, alemanes, ingleses, italianos y griegos.

 Corroído por la terrible enfermedad, Mendoza era ya un viejo prematuro, cuya vida estaba en franca declinación.  Su lamentable estado físico le impedía abandonar el lecho y la partida demoraba más de lo razonable, dando pábulo a toda clase de habladurías y despertando seria intranquilidad.  Sacando fuerzas de flaquezas, aguijoneado por el amor propio herido al ser aconsejado a que abandonara la empresa, ordenó prepararse para la partida, poniéndose bajo la protección de Dios.

 Hombres y mujeres de toda laya se codeaban con personas de linaje y funcionarios graves en las estrechas naos.  Se calcula que más de 1.000 hombres formaban la expedición que inició su marcha en Sevilla y después de admitir más gentes en Sanlúcar, puso velas al Océano desde el puerto de Bonanza, el 24 de agosto de 1535.  Recalaron en las Canarias donde se agregaron tres naves, formando un conjunto de dieciséis, cosa nunca vista.  Muchos embarcados saltaron a tierra y no regresaron, no se sabe si por severidad de que se hacía alarde a bordo, o por la inconstancia de espíritus tornadizos.  En los primeros días de octubre salieron para las islas de Cabo Verde, donde recibieron alimentos de refresco y continuaron para Pernambuco.

 Si la borrasca del mar no produjo desgracias, una ola de odios desatada a bordo, acarreó fatales consecuencias.  Venía como jefe de la infantería Juan de Osorio, un muchacho andaluz natural de Morón de la Frontera, que contaba apenas veinticinco años y era ya veterano de los ejércitos de Hungría e Italia.  Su vida, en la milicia, había moldeado su reconocido valor personal, pues que era reputado como “muy valiente hombre de su persona”, y dueño de sí mismo, desafiaba con su prepotencia.

 Don Pedro languidecía encerrado en su cámara, “ya tan enfermo y de tal disposición su persona, que muchos pensaron que no llegara vivo a aquella tierra que iba a buscar y que la sepultura la había de hallar en el mar”, según manifiesta el cronista Fernández de Oviedo.  Entre los que así pensaban, y deseaban sacar buen partido de la prematura muerte del desdichado, iba Juan de Ayolas, antiguo mayordomo suyo y actual Alguacil Mayor.  Hombre ambicioso en extremo, no podía disimular el fastidio que le producía la popularidad de Osorio, que se había hecho dueño de aquel ejército.  Tan a las claras mostraba su encono, que no tardaron las gentes en calificarlo de “envidioso”, y esta envidia que corroía su espíritu, lo llevó a cometer el crimen más atroz.

 Encerrado Pedro de Mendoza sin que lo viera la gente, pasaba por un ser misterioso, mientras las rivalidades y las bajas pasiones prendían en aquel hacinamiento, sin la presencia del jefe que pudiera contenerlas.

 Osorio se mofaba con buen gracejo andaluz, de los oficiales que rodeaban al señor, formados en las antecámaras reales.  Los allegados al Adelantado lo tomaron entre ojos.  Juan de Ayolas firmó una acusación contra sus impertinencias; el contador Juan de Cáceres corroboró las denuncias y Galaz de Medrano juró haberle oído proferir desafíos de sublevar la tripulación, harto ya de los oficiales a quienes había fulminado de “bellacos y judíos”.

 Tanto arrebataron el espíritu del desventurado don Pedro las denuncias de las andanzas y desplantes de Osorio, que sin desear oírle, dictó su terrible sentencia: “que do quiera y en cualquier parte que sea tomado el dicho Juan Osorio mi maestre de campo, sea muerto a puñaladas o estocadas o en otra cualquier manera que lo pudiera ser, las cuales le sean dadas hasta que el alma le salga de las carnes; al cual declaro por traidor y amotinador, y le condeno en todos sus bienes”.  La extendió el escribano Martín Pérez de Haro ante los testigos Juan de Ayolas, Pedro Luxan, Juan Salazar de Espinosa y Galaz de Medrano, que recibieron orden de ejecutar la sentencia.

 El 30 de noviembre la capitana Magdalena con la Santa Catalina y la Anunciada, fondearon en la bahía de Janeiro o Guanabara.  Osorio, avisado por sus amigos de que Ayolas y Medrano andaban con puñales al cinto, trasbordó a la Santa Catalina que mandaba su íntimo amigo Carlos de Vergara, para ponerse a cubierto.  El 3 de diciembre se permitió el desembarco.  Las gentes confraternizaban en la playa, cuando Osorio fue llamado por Mendoza a su presencia.  Así que hubo llegado, Ayolas y Medrano lo sujetaron por los brazos y lo introdujeron en una tienda levantada sobre la arena, a pesar de las súplicas del infeliz.  Desesperadamente intentó defenderse, pero con su propia daga, lo hirieron por la espalda y lo remataron con feroces puñaladas por el pescuezo y la ijada.  Le negaron confesión en sus últimos momentos y lo abandonaron en la playa con un letrero que ostentaba en gruesos caracteres: “Por traidor y amotinador”.

 El horrendo fin, producto de intrigas y bajas pasiones, lo condenó el Consejo de Indias, que abrió el juicio muchos años después a pedido del padre del difunto, y revocó el injusto fallo, mandando devolver los bienes que le fueron quitados y condenando a los herederos de Mendoza en mil ducados y el pago de las costas del proceso.

 A mediados de setiembre salieron rumbo al Plata.  Diego de Mendoza, hermano del Adelantado, que con parte de la armada, iba a la delantera, sondeó la costa oriental a la altura de San Gabriel y esperó al jefe para comunicarle el resultado de las observaciones.  El poco resguardo que el lugar ofrecía a las naves, y también, como dice Ruy Díaz de Guzmán, “por parecerle estaría más seguro de que no se le huyese al Brasil” la gente y tener más comodidad para llegar al Perú, lo decidió por la banda occidental.

 Para emplazamiento del poblado se eligió el lugar donde actualmente existe el Parque Lezama, que por su proximidad al fondeadero y su altura dominante del resto de la llanura, pareció ofrecer a simple vista, ventajas estratégicas al establecimiento.  No se sabe con exactitud el día de la fundación, pero todo hace probable que fuera el 3 de febrero.  El ancladero de las naves fue llamado “Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aires”, en homenaje a la protectora de los navegantes “Nostra Signora di Bonaria”, cuyo culto procedía de Cagliari en la isla de Cerdeña, y era venerada por todos los marinos que recorrían el Mediterráneo.  Hasta hace algún tiempo, aunque ahora se repite con menos insistencia, corría una historieta que había lanzado de antiguo Ruy Díaz de Guzmán y según la cual, el nombre provendría de la exclamación de Sancho del Campo que al saltar a tierra comprobó un temple tan agradable, que no pudo menos de exclamar: “¡Qué buenos aires son los de este suelo!  Ni los aires eran tan buenos como los imagina Guzmán, ni es probable que un marino curtido por las intemperies, quedara maravillado con las delicias de la suave brisa.

 La población se formó en un cuadro de 150 varas de lado, cuyo perímetro fue rodeado de foso y tapia reforzada en seguida por una palizada de algarrobo y espinillo.  El historiador Groussac describe de esta manera los trabajos iniciales: “Con todo, la gente se apercibía con ahínco en previsión del invierno próximo.  Espontáneamente se había aplicado en este embrión social la ley económica de la división del trabajo.  Mientras los soldados batían el campo ahuyentando indios y fieras, las cuadrillas de artesanos y gañanes se afanaban en sus respectivos oficios; unos habían salido a cortar leña y aderezar maderas de construcción; otros labraban las ya acarreadas o levantaban las tapias de la ranchería, que los techadores cubrían luego con quincha y “tortas” de barro.  Mientras los herreros fabricaban carros, utensilios, armas, trastos caseros, baratijas de rescate, las mujeres cocinaban, cosían, lavaban, y si hubiéramos de escuchar a una de ellas, resultaría que, sobre cumplir con los trabajos de su sexo, ayudaban en los varoniles a sus maridos o hermanos debilitados, infundiendo con su ejemplo energía a los flojos, vergüenza a los cobardes, y a todos ánimo y constancia”.  Aparte de los que ejercitaban sus oficios, los que no los tenían adquirieron habilidades, como un Domingo Martínez, “pobre estudiante sin oficio”, que se dedicó a la fabricación de anzuelos de metal por un procedimiento propio, que reportó enorme utilidad, pues la población en los primeros tiempos se alimentaba de pescado.

 Al otro día de la llegada hubo necesidad de obtener alimentos.  Terminados los aprovisionamientos que llevaban y sin manera de proporcionarlos en cantidad suficiente para mantener más de un millar de personas, con los escasísimos recursos que ofrecía la tierra, consiguieron que los guaraníes isleños surtieran de alimentos a la población, a cambio de objetos europeos.  De esta manera recibieron “sus miserias de pescado y de carne por catorce días sin faltar más que uno en que no vinieron”, cansados, probablemente, de proporcionar a los extranjeros tan vital elemento, a cambio de objetos que pronto dejaron de interesarles.  La situación se hizo angustiosa.  El teniente de alguacil mayor, Juan Pavón, fue con dos compañeros a exhortar a los indígenas el cumplimiento de lo acordado, pero los recibieron como a enemigos y aunque salvaron su vida, “los tres salieron bien escarmentados”.

 Tratando de conseguir mejor resultado, fue a hacer nuevos tratos el capitán Gonzalo de Acosta con 17 hombres, pero esta vez los indios los atacaron violentamente hiriendo a casi todos.  Uno de ellos decía tiempo después, “que cinco años tuve un palo metido en el brazo”.

 Perdida toda esperanza de obtener recursos de los pocos amables naturales circunvecinos, fue despachada al Brasil una expedición al mando de Gonzalo de Mendoza, y en la que formó Gonzalo de Acosta, que tan mal recuerdo le dejaran los guaraníes.

 Sin tiempo para esperar la vuelta de la expedición, aún en el caso de que tuviera buen éxito, por la necesidad urgente de víveres, otra nueva excursión entró por el Paraná.  Los indios guaraníes ribereños quemaban sus chozas y provisiones al acercarse las embarcaciones, para impedir que nada de lo que poseían cayera en sus manos.  Sin embargo, lograron recoger algunas pequeñas cantidades de maíz que se salvaron de la destrucción, pero que apenas alcanzaron para alimentar a los embarcados.

 Fracasada la expedición del Paraná ausente dos meses, y sin noticia de la enviada al Brasil, Juan de Ayolas, el hombre de confianza de Mendoza, salió con tres bergantines para entrar a fondo en el Paraná.  El hambre los castigó duramente y casi 100 de los 270 expedicionarios sucumbieron a la necesidad.  El 15 de junio de 1536, detenidas las naves, establecieron un asiento a 12 leguas al norte del Carcarañá en los 32º 12’, bautizando al reducto con el nombre de Corpus Christi, por ser ese día festividad del Santísimo.

 En Buenos Aires, la situación era cada vez más crítica.  La caza, que en los alrededores había brindado bastantes perdices y martinetas que gustaba el Adelantado, tuvo que suprimirse, porque los nómadas del sur, indiferentes al principio, se mostraron de pronto francamente hostiles.

La necesidad impostergable de obtener alimentos, movió una nueva expedición mandada por Diego de Mendoza, para parlamentar con los guaraníes del delta.  Si en principio se deseaba un entendimiento amistoso, esta vez iban decididos a castigar severamente todo acto de rebeldía y apoderarse por la fuerza lo que no consiguieran tomar por las buenas.  Los indios se inquietaron al ver aquel ejército, y armados en pelea, salieron a recibirlos al valle fronterizo.  El 15 de junio de 1536 festividad de Corpus Christi, tuvo lugar el recio combate, el mismo día que Ayolas allá, al norte, fundaba el reducto.

Si el encuentro no arrojó un número considerable de muertos por parte de los castellanos, determinó la pérdida de los jefes y personas principales.  Diego de Mendoza, su sobrino Pedro Benavídez, Pedro de Luján que se dice dio el nombre al río, Galaz de Medrano y otros, quedaban comprendidos entre los 38 cadáveres esparcidos en el campo.  Esto parece demostrar que los jefes marchaban valerosamente al frente de las tropas.  Los indios, destrozados por el mayor poder de las armas enemigas, se desbandaron mientras los españoles ocuparon sus chozas y recogieron algunas provisiones de grasa y harina de pescado.

 Después del desastre de esta mal dirigida empresa militar, se convocaron las tribus para tomar venganza.  Nueve días más tarde comenzaron a brotar de todos los contornos de la llanura, miles de indios dispuestos a arrasar hasta sus cimientos el baluarte europeo.  En medio de infernal gritería provocada para enardecer, disparaban sus flechas, bolas y estopas inflamadas, avanzando en sucesivos movimientos hasta la empalizada donde se habían parapetado los castellanos, aguantando la avalancha con sus arcabuces y ballestas.  Ahogados por el humo y la ceniza del incendio de las frágiles construcciones, muertos de hambre, obligados a ingerir hierbas, culebras, ratones, los cueros de los zapatos y correajes y hasta inmundicias, muchos estaban a punto de enloquecer y otros, rabiosamente, maldecían al Adelantado y su culpable enfermedad.  La trágica situación llevó a Pedro de Mendoza a la desesperación, y fuera de sí gritaba a sus oficiales: “Vosotros judíos hicisteis matar al maestre de campo y agora moris como chinches”; “traidores que me matastes al maestro de campo y por eso la armada está perdida”.  Mas aguantaron los castellanos el prolongado cerco de los furiosos salvajes, encerrados dentro del estrecho recinto, luchando desesperadamente contra el hambre, que hacía más estragos que las piedras y flechas de los indios.

 El terrible azote que sufrieron parecía un castigo a la codicia.  El P. Luis de Miranda, uno de los clérigos de la expedición, en su romance escrito en 1537, nos lo dice de esta manera:

 

……………………………

 o juizio soberano

 q’ noto n(uest) ra avaricia

 y vio la recta justicia

 q’ alli obraste

 atodos nos derribaste

 la sobervia por tal modo

 q’era n(uest) ra casa y lodo

 todo uno

Ulrich Schmidl, otro de los compañeros de Mendoza, ha descrito los estragos del sitio en la narración de su viaje al Río de la Plata, 1534-1554, que se publicó por primera vez en 1567, y que lo consagra como el primer historiador del Río de la Plata.

 Vista la imposibilidad de los sitiadores de quebrar la tenaz resistencia, se retiraron.  Los españoles salieron nuevamente al campo para reanudar la caza y la pesca, en tanto se reconstruían las deshechas viviendas.  Cuando la vida se había normalizado bastante, aunque moviéndose dentro de las dificultades de alimentación, llegó Ayolas a fines de agosto, cargado de provisiones de maíz y pescado que le proporcionaron los amistosos timbúes, vecinos de Corpus Christi.

 La llegada de las provisiones tan esperadas para saciar la hambruna y la seguridad de Ayolas de que el lugar elegido ofrecía excelentes recursos naturales, decidió al Adelantado a visitarlo.  Embarcó 400 hombres dejando un centenar en Buenos Aires, y después de un penoso viaje durante el cual murieron 50 de necesidad, llegó la expedición muerta de hambre en la primera quincena de setiembre.

 El lugar no pareció ofrecer muchas comodidades para dar albergue a toda la gente y un nuevo asiento se estableció cuatro leguas más abajo, que se puso bajo la advocación de Nuestra Señora de la Buena Esperanza, como índice de que se abrían nuevas ilusiones.

 Juan de Ayolas, enviado por su señor, remontó el Paraná en demanda del codiciado metal.  Lo acompañaban en esta empresa personas principales como el factor Carlos de Guevara el íntimo del desdichado Osorio, Rodrigo de Cepeda hermano de Santa Teresa de Jesús, Francisco Dubrin, un flamenco Gentilhombre de Cámara y el guipuzcoano Domingo Martínez de Irala, hasta entonces oscuro embarcado, pero que después habría de inmortalizar su gobierno y sus andanzas por el Paraguay.

 Mendoza, empeorado y previendo su próximo fin, puso las velas hacia Buenos Aires para seguir a España y morir entre los suyos.  Halló la población con buenas provisiones que había traído su hermano Gonzalo desde el Brasil.  Compartió el Adelantado la alegría de las gentes por algunos días, entretanto despachaba el 15 de enero de 1537, una expedición por el Paraná para obtener noticias de Ayolas, su bien querido hombre de confianza, cuya ausencia lo intranquilizaba.  El mal se agravó y apurado por la enfermedad, el 20 firmó una provisión nombrando gobernador a Ayolas y provisoriamente a Francisco Ruiz Galán, con encargo de entregarle el mando a su vuelta, llevando la gente a donde se hubiera establecido.

 La carabela Magdalena y el galeón Santantón se alistaron para el largo viaje y el 22 de abril llevando a bordo 150 personas, se alejaban de las tierras del hambre y la miseria.  A la altura del ecuador, sintiéndose morir, en los días 11, 12 y 13 de junio, dictó sus disposiciones de última voluntad, haciendo donaciones piadosas, instituyendo mandas y repartiendo equitativamente todos sus bienes.

 El 23 de junio después de pedir confesión para morir en la paz de Dios, se quebró su vida en la humilde cámara de la nao, que tan poco decía de sus pasados esplendores de la corte.  En un rústico cajón que hicieron a toda prisa los carpinteros, encerraron el cuerpo que rápidamente empezaba a descomponerse y lo arrojaron al mar.

 Las órdenes que dejara en Buenos Aires a Francisco Ruiz Galán, no hubieron de cumplirse.  Ayolas que había logrado llegar hasta Bolivia a través de la jungla chaqueña, sucumbió entre los payaguáes, y Ruiz Galán, sin noticias de su paradero, contrajo a las gentes a la labranza de la tierra, permitiéndoles mantenerse con todo desahogo.

 Ayolas había fundado una pequeña población a la vera del Paraguay el 2 de febrero de 1537 que recibió por nombre Nuestra Señora de la Candelaria, por ser aquel el día de su festividad, y que había de servir como base para las exploraciones de tierra adentro.  Juan de Salazar, por su parte, al mando de otro grupo desprendido de la expedición de Ayolas levantó una población al sur de la Candelaria que llamó Asunción, el 15 de agosto de 1537.

 Salazar bajó a Buenos Aires a inquirir noticias del Adelantado y del estado del pueblo.  Ruiz Galán, gobernador interino, supo entonces la trágica suerte de Ayolas y fue a la Candelaria a hacerse reconocer como gobernador, mientras Salazar se volvía a su Asunción.  Irala arguyó que aquella gobernación le pertenecía, por delegación expresa de Ayolas.  Como los dos se mantuvieran en las suyas, Ruiz Galán volvió a seguir gobernando en Buenos Aires.  En junio de 1538, llegó de España el veedor Alonso de Cabrera para inspeccionar el estado de las poblaciones y entregar el mando a quien correspondía, después que la Magdalena y el Santantón llegaron sin Pedro de Mendoza.

 Cabrera dio la razón a Irala, no porque tuviera derecho, sino porque enemistado con Ruiz Galán con quien entró en acaloradas disputas, pudo derrotar a su enemigo.  Y contra la oposición de éste y los que habitaban en Buenos Aires tranquilamente, los pobladores fueron llevados a la Asunción en 1541, con objeto de reunir las mermadas huestes españolas en un solo punto y proseguir las exploraciones en busca de metal.

 Fuente

 Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

 Groussac, Paul – Mendoza y Garay.  Las dos fundaciones de Buenos Aires, 1536-1580, Bs. Aires (1916).

 Levene, Ricardo – Historia de la Pcia. de Buenos Aires y formación de sus pueblos – La Plata (1949).

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