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¿LA EPIDEMIA DE FIEBRE AMARILLA OTRA VEZ ENTRE NOSOTROS?

En aquel Buenos Aires de fines del Siglo XIX e inicios del Siglo XX resultó fundamental el poco apego a la higiene sanitaria, al buscar soluciones eficaces en los casos de hacinamiento y urbanización quedando postergadas las medidas que contemplen el interés general por sobre los particulares.
Hoy como entonces las necesidades de los sin techo directamente no interesaban; hoy como ayer, los empresarios privados ligados a la construcción de viviendas protestaban aduciendo que el Estado no debía entrometerse en actividades que no le eran propias (aunque jamás explicaron cuales sí y cuales no eran responsabilidad de ese Estado “entrometido”)
El sur de la ciudad a causa de las permanentes epidemias que se produjeron días `posteriores a derrota nacional de Caseros en 1852 presentó su punto más critico precisamente en 1871 con la epidemia de fiebre amarilla en donde quedó al desnudo la poca prevención sanitaria y el desinterés en urbanizar los focos en donde se propagó ese mosquito mortífero –hoy como ayer.
Una vez que se hizo una realidad insilenciable por parte de las autoridades, los sectores más pudientes de la sociedad de entonces se mudaron hacia el norte en donde se creyeron a salvo de la epidemia.
Por supuesto que aquellos que menos tienen, por consiguiente no podían mudarse, quedaron atrapados entre la mugre de las calles y aquellos conventillos, viejas casonas patricias refaccionadas en piezas de cuatro metros por costado donde la única finalidad era sacar mayor provecho al capital empleado.
Pero digamos las cosas a calzón quitado también: de no ser por la férrea acción de las fuerzas de seguridad, aquellos que no tienen nada no hubiesen caído como mosocas. Directamente fueron confinados al sur el pobrerío (como les gustaban llamarlos a los dueños del poder), los afroporteños, la inmigración ultramarina, etc.
Hacia el sur quedaron a expensas de ese mosquito aterrador donde no se sabía que era el causante de las epidemias, donde el cementerio de la ciudad se ubicaba en la actual calle Caseros y Rioja, a pocas cuadras del centro urbano porteño.
Hacia el sur quedó la desatención pública que fuera denunciadas por eminencias de la medicina de entonces, entre ellos el Dr. Guillermo Rawson que llegó a publicarse en La Prensa, el diario de la época.
Hoy que se habla tanto del dengue resultaría oportuno recordar aquellos hechos que diezmaron Buenos Aires. Sería oportuno estudiar el poco apego a la higiene pública por parte de las autoridades.
No sea cosa que hoy como ayer se escriban páginas luctuosas que hagan historia dl día que murió Buenos Aires…

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