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LAS HERIDAS DE LA MEMORIA

A 37 años del golpe militar de 1976, aún persiste la pregunta acerca de cómo recordar y cuánto olvidar. El escritor Martín Kohan recorre esos puntos de tensión entre memoria y olvido a la hora de resignificar el pasado. Además, diferentes miradas analizan el destino que se le asigna a las antiguas sedes de la represión, desde los campos nazis hasta la ESMA.

 Por: Martín Kohan

Una de las tantas taras con las que nos aquejó el menemismo fue la de consagrar el olvido como un deber social imprescindible. Había que olvidar, desprenderse de una vez por todas de los lastres del pasado, disponerse a una reconciliación generalizada que habría de sellar por fin la tan mentada unidad nacional. Estas consignas de entonces, aunque básicas, aunque indignas, tuvieron su persuasión sobre amplios sectores de la población, cuyas almas, según había podido comprobarse precisamente durante el primer tramo de la última dictadura militar, no tenían para algún eventual demonio comprador otro precio que el de una paridad cambiaria que les pusiera el dólar razonablemente a tiro.

Esta política sobre el pasado se conjugaba en tiempo presente, ya que todas las políticas, incluso las que se aplican al pasado, o sobre todo las que se aplican al pasado, son por definición políticas del presente. Y si respecto de las atrocidades cometidas en los años del terrorismo de Estado lo que Menem proponía era suprimirlas del hábito del recuerdo, lo que en el presente emprendía era la ratificación de la política de impunidad del alfonsinismo en su retroceso, y aun su agravamiento, como es sabido, con la decisión de indultar a los que estaban condenados. Nunca tanto como entonces encontró su justificación la asociación etimológica entre “amnistía” y “amnesia”.

¿Importó? No tanto. O no tanto, no a tantos, como para que estas decisiones de gobierno suscitaran una reacción adversa en las urnas. No sería cuestión tampoco de abrazarse con el nefasto almirante Massera, como de hecho se había abrazado Menem con el nefasto almirante Rojas, para demostrar de manera cabal que la división entre argentinos había concluido, que así como el presidente no se quedaba en el 45 nosotros, los ciudadanos, no nos quedábamos en el 76. Bastaba con dejar pasar, bastaba con dejar correr, y el milagro estaba hecho: el pasado no existía más.

Este impulso tan obstinado a favor de un olvido absoluto generó como respuesta una obstinación proporcional, pero de sentido contrario, a favor de una memoria absoluta. Se entiende en aquel contexto: en el disenso visceral con esa política oficial tan dispuesta a olvidarlo todo y para siempre, surgía como reacción la variante contrapuesta de recordarlo todo todo el tiempo. La memoria, sin embargo, no funciona de ese modo, excepto en el caso extremo del famoso Ireneo Funes, que por eso justamente, porque no era capaz de olvidarse de nada, estaba impedido de pensar. Bajo la presión palpable de una política de Estado orientada tan firmemente hacia la abolición del recuerdo, la memoria devino estandarte sin matices ni contradicciones, como si la propia utopía de Funes fuese posible de realizar, y como si, realizada, pudiese representar otra cosa que una desgracia.

Respecto de la ESMA, mientras tanto, se planteaban dos opciones: una, dejarla como estaba y mantener su funcionamiento; la otra, trasladarla y aprovechar el predio para erigir flamantes torres que permitirían, a sus habitantes, ver el río en panorama, y a sus constructores, llenarse de plata. Dos variantes posibles, en definitiva, para procurar un mismo efecto de aquí no ha pasado nada.

 Pasado y presente

 Pero las cosas, bien lo sabemos, transcurrieron muy de otro modo a partir de 2003. El Estado Nacional y la Historia Argentina reciente reencontraron su indispensable conexión. La ESMA no quedó tal cual. Tampoco se convirtió en el equivalente simétrico, en el norte de la ciudad, de eso que, en el sur, ya existía como Puerto Madero.

 Los debates que se suscitaron en torno a lo que había que hacer con ese sitio, y aun con otros sitios donde el terror de la dictadura había multiplicado sus depravaciones, o bien con el Parque de la Memoria que finalmente se construyó en la Costanera de Buenos Aires, son encomiables de por sí. No sólo por su riqueza, sino por el hecho mismo de existir, de producirse, de ser posibles. Es decir, por el hecho mismo de que esta discusión pudiese darse y asumir un interés concreto respecto de las iniciativas de una política de Estado, cuando nada parecía anunciarlo apenas un puñado de años atrás.

 ¿Qué era eso, volver al pasado? Más bien lo contrario: era traerlo al presente. Porque la impunidad de los criminales de la dictadura era un hecho del presente; el robo de bebés, sin descubrir ni resolver, es un hecho del presente también. La reactivación de los juicios a los responsables del terror de Estado, por lo pronto, no fue un acto de rememoración; pero su resolución, no menos que toda justicia, concede a la rememoración una oportunidad de no ser pura impotencia. Para dar un ejemplo concreto: la prodigiosa correspondencia entre la representación y la realidad que se produjo entre la decisión presidencial de hacer descolgar en el Colegio Militar el cuadro donde Jorge Rafael Videla estaba representado y la decisión judicial de encarcelar a Jorge Rafael Videla el de carne y hueso, el que viste y calza, el de verdad. La figuración y la realidad se potenciaron mutuamente. En ese punto de intersección iban a poder encontrarse también el pasado y el presente. Y la memoria resolverse como cosa actual, practicarse en su ahora, salvarse de la fijación en lo ya sido, salvarse de la paralización (porque el pobre Ireneo Funes, subrayemos, además de no poder pensar, no podía tampoco moverse).

 Memoria y olvido

 El problema de aquellas miserables apelaciones al olvido es que nos fuerzan a entablar una oposición mecánica con la memoria, apenas una dicotomía sin matices ni vaivenes. Por apelación miserable entiendo su empleo como coartada para la impunidad (lo que queda dicho sobre las reconciliaciones nacionales de Menem), su manipulación por interés (la de esos cuantos a los que les conviene que ciertas cosas de aquellos años no se vean, no se sepan, no se digan, no se recuerden), y aun la del cinismo desganado y displicente (la de aquel que dijo por televisión que estaba “podrido de oír hablar de la dictadura”). Pero la lucha frontal entre la memoria y el olvido esconde que existe otra lucha, más cabal e interesante, que es lucha entre distintas memorias. Y además no deja ver hasta qué punto la propia memoria necesita del olvido, se compone con olvido, existe porque el olvido existe. Tan sólo bajo la consideración de diversas memorias en pugna (en pugna o en convivencia, según el caso), cada una articulada por su parte con su propia necesidad de olvido, vamos a poder plantearnos por fin, no ya si recordar u olvidar, lo que es una disyuntiva espuria, sino cómo recordar y qué, y olvidando cuándo y cuánto.

Abundan las advertencias sobre la necesidad del olvido, planteadas por lo general a partir de un repertorio de reflexiones teóricas en torno de las masacres del nazismo.

No apuntan a desmentir la memoria, sino a evitar verse aplastados por ella. Es en este sentido que Tzvetan Todorov formuló sus advertencias sobre los “abusos de la memoria” y alegó por un “derecho al olvido”; en tanto que Andreas Huyssen se remitió a Freud para señalar que “la memoria y el olvido están indisolublemente ligados uno a otro”; y Hans Mommsen por otro lado indicó que “sólo sobre el trasfondo del olvido se reconstruye una conciencia histórica”. Bruno Bettelheim, sobreviviente de un campo nazi, comprende, por eso mismo, hasta qué punto el olvido puede ser una necesidad (aunque también, al mismo tiempo, una imposibilidad): “Lo que sucedió en los campos fue tan horrible, y cabe hacer preguntas tan perturbadoras sobre la forma en que uno se comportó en ellos, que es muy comprensible que se desee olvidarlo todo”.

Queda claro que estas intervenciones no se orientan hacia un borramiento del horror de lo que sucedió, cuya persistencia por supuesto dan por sentada. Se precaven, en todo caso, y recomiendan precaverse, de ese tipo de memoria o ese grado de memoria que subsume todo presente (y todo futuro) en un determinado pasado, imponiendo la inacción, obligando a repetir, haciendo de la evocación una especie de condena.

Por lo tanto esta necesidad de olvido se invoca para la memoria, y no en contra de ella. La pregunta que suele plantearse, la de cómo recordar el horror, no va a poder responderse ahora sin, al mismo tiempo, preguntarse también cómo olvidarlo. Una memoria sin salida produciría una especie de agobio, en el sentido en que parece plantearlo Bettelheim; si es que no un “acostumbramiento de la memoria”, en el sentido hipnótico y apaciguador que Nelly Richard denunció con una alarma muy lúcida; o la banalización de una “memoria de mercado” como la que con igual lucidez impugnó Nicolás Casullo.

En su momento me llamó la atención que se pasara con tanta insistencia por alto la importancia que el olvido asume en Los rubios de Albertina Carri. A mi entender lo que prepondera en esa película es un fuerte gesto de prescindencia hacia las voces de la experiencia política, una compleja y laboriosa producción de indolencia respecto de lo que alguna vez lastimó, la remisión a la historia militante de sus padres desaparecidos no tanto para recuperarla y hacerla saber como para apartarla y hacerla desvanecerse. Pero la notoria necesidad, en la recepción de la película, de convertir toda esta vocación de olvido en una supuesta memoria, debiendo incluso crear nuevas categorías de la memoria para hacerla encajar ahí pese a todo, tal vez marque un momento sintomático en lo que a la cuestión de la evocación del pasado se refiere.

Una línea de tensión entre Los rubios de Carri (2003) y otras dos películas aledañas, Papá Iván de María Inés Roqué (2004) y M de Nicolás Prividera (2007), serviría para señalar un estado de la cuestión precisamente en esos años en que sus términos y sus horizontes se reformulaban.

 El recuerdo colectivo

 Hoy por hoy sabemos bien, si es que no lo supimos siempre, que no es cierto que los represores de la dictadura estén a favor del olvido. Lo que quieren es justo lo opuesto, lo que quieren es ser recordados, y recordados más exactamente así: como los que salvaron a la Patria de la amenaza de una revolución socialista. Cuando callaron fue por especulación, para escurrirse tanto mejor de la justicia, pero apenas vieron perderse la esperanza de la impunidad, no dudaron en esgrimir sus versiones de vencedores del flagelo de la subversión marxista. Es decir: su propia memoria. Las memorias que han servido para contrarrestarlas fueron varias y diversas y a lo largo de los años se fueron modificando o ampliando, recomponiendo o completando. La memoria de las víctimas de la represión fue dominante en el final de la dictadura y la vuelta a la democracia: los testimonios de los que sobrevivieron a las aberraciones perpetradas en los centros clandestinos de detención instalaron en el recuerdo colectivo las escenas más feroces de torturas y asesinatos.

¿Había que entender entonces que los salvadores del modo de vida occidental y cristiano no eran eso, sino bandas de criminales sin escrúpulos? ¿O había que entender, tanto mejor, que el modo de vida occidental y cristiano, cuando se ve realmente en peligro, se hace salvar precisamente así, con bandas de criminales sin escrúpulos?

 Un viraje de importancia se fue produciendo en los modos de la memoria en la medida en que los relatos estremecedores de las víctimas inertes de la represión clandestina fueron dejando lugar a otra clase de memoria, más relegada hasta entonces; memoria de reivindicación de una militancia activa, de una voluntad de transformación social que se expresó en luchas concretas, incluyendo, claro está, la lucha armada.

 La refutación de la teoría de los dos demonios (teoría todavía presente en el prólogo del Nunca más, piedra basal del monumento verbal de la memoria de las víctimas), sostenida hasta entonces en la negación lisa y llana de que hubiera habido una guerra y en la focalización en la represión desencadenada sobre seres aislados e indefensos, encontraba ahora una posibilidad distinta, acaso más urticante y ciertamente polémica: la admisión de que sí había habido una guerra, es decir, enfrentamiento armado de fuerzas organizadas para tal fin, y la resuelta reivindicación de los grupos que de tal manera combatieron para forjar un cambio social.

 A la memoria doliente de una victimidad conmovedora, siguió esta otra memoria, la de la lucha y la de la derrota recuperadas con orgullo.

 Hay otro punto de inflexión que puede inscribirse en la intervención que Beatriz Sarlo efectúa en su libro Tiempo pasado: una crítica del imperio total de la testimonialidad, basada siempre en una memoria a la que las propias vivencias garantizan, y que a partir de eso se supone que garantizaría también la comprensión y la verdad.

 Sarlo reclama otra dimensión, la distingue como historia, la separa del anudamiento entre la experiencia y la verdad, la ejemplifica con Poder y desaparición de Pilar Calveiro, un ensayo que, pudiendo sostenerse en el descargo de una primera persona, elige la distancia analítica que la tercera persona le otorga.

 Pilar Calveiro estudia los dispositivos puestos a funcionar en los centros clandestinos de represión. Pero en un momento dado se plantea también la cuestión de la relación entre ese encierro y su afuera. Es decir, se pregunta cuáles son las condiciones sociales de posibilidad para la existencia de esos centros de tortura y exterminio.

 Pone el dedo en esa llaga, en ese aspecto más bien olvidado: ¿qué características ha de tener una sociedad determinada para que en ella puedan ser posibles los centros de tortura y exterminio?

 Leopoldo Brizuela destaca en Una misma noche, su última novela, que la ESMA constituye el caso único de un campo de detenciones clandestinas operando en una escuela que siguió en funcionamiento. Lo que supondría poder indagar mejor en la perturbadora coexistencia entre las rutinas más cotidianas y el horror absoluto, entre la trivial normalidad de siempre y el desarrollo de las perversiones más inconcebibles.

La vida sigue

 En el afuera del encierro que analiza Pilar Calveiro, o en la escabrosa convivencia en la que repara Brizuela, mientras el horror sucede y la muerte impera, decir que la vida sigue podía significar, si se quiere, no digamos complicidad, aunque tal vez sí, pero al menos una inquietante abstención. Como gesto de la memoria, en cambio, en el espacio de la memoria, decir que la vida sigue, hacer que la vida siga, es un acto de resistencia.

 Y bien sabe quien haya estado ahí, en el Conti o en el ECUNHI (Espacio Cultural Nuestros Hijos) por caso, hasta qué punto el pasado acecha, hasta qué punto la inminencia del Casino de Oficiales se sabe siempre; de qué manera los fantasmas merodean, se dejan sentir; cómo es que la memoria funciona sin por eso anularnos del todo.

¿Cómo narrar el horror?

 Por ejemplo, así: como lo hace Félix Bruzzone, en los cuentos de 76.O así: como lo hace Lola Arias en Mi vida después, obra teatral actuada por hijos de desaparecidos.

O así: como lo hace Jonathan Perel en su documental El predio. Que no narra, más bien describe; posa la mirada en un espacio hasta lograr que de ahí broten los tiempos; se detiene a contemplar un lugar hasta hacer que de ese lugar emanen las huellas de lo que allí sucedió.

Extraída nota e imagen de Revista Ñ del 23 de marzo de 2013

Nota de la Redacción:

Sería interesante preguntarse ¿Quién designó a quien? Videla a Martínez de Hoz o al revés? Desde la imposición del modelo y el plan económico de los grupos concentrados de la economía que va desde el ministro hasta Menem-De la Rúa, que necesitaban de un gobierno altamente represivo y dictatorial, entonces, la respuesta es Martínez de Hoz designa a Videla…

 

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