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¿QUE PASO EN LA CIUDAD EL 26 DE JULIO DE 1890?

El régimen de Juárez Celman se debatía en una contradicción irresoluble por las fuerzas nacionales que lo apoyaban, el gobierno aspiraba a llevar adelante un ambicioso plan para una Argentina minera, industrial, independiente.  Se concibieron en ese tiempo los más audaces planes: el proyecto de una ley de subterráneos, el planeamiento de una fábrica de locomotoras, la fabricación de maquinaria agrícola, la explotación de nuestros productos mineros.  Pero si la producción agraria se elevaba en tres años en un 750%, los proyectos industriales de Juárez no podían concretarse.  El imperialismo no orientaba sus capitales para industrializar.  Las fortunas argentinas privadas se interesaban sólo por la ganadería, que resultó suficiente, junto a la agricultura y hasta 1914, para construir una Argentina semicolonial de contornos modernos. (1)

La sociedad urbana y mercantil que surgió después de la caída de Juan Manuel de Rosas, hubiese podido seguir el camino de los Estados Unidos después de la guerra civil si no hubiese existido una presión extranjera en favor de los terratenientes.

A la ideología nacionalista burguesa del roquismo, le faltaba la base material para el desarrollo técnico.  Como era inevitable, cayó en manos del imperialismo, que sólo desarrolló aquello que singularizara nuestra estructura semicolonial.  Juárez encarnó esta trágica imposibilidad del roquismo para fundar un país independiente.  Las fuerzas mundiales que se ponían en evidencia en la Argentina eran más poderosas que los focos de resistencia nacional en que reposaba la generación del 80. (2)

“Una política que bajo la dirección de Mitre y de Sarmiento y, eventualmente de Roca, fue racionalmente concebida como una manera de unificar política y económicamente a la República, llegaron a ser bajo Juárez Celman, una excusa para autorizar la construcción de ferrocarriles donde los amigos del gobierno querían construirlos.  Como resultado, la Argentina se convirtió rápidamente en un infierno ferroviario donde no menos de 21 compañías ferroviarias se disputaban los asuntos de aproximadamente cuatro millones de personas”.

Esta observación de Ferns indica que los ingleses no deseaban construir ferrocarriles allí donde querían hacerlo los “amigos del gobierno”, que eran argentinos.

La lucha preelectoral alrededor de la sucesión presidencial de Juárez Celman se combinó con la crisis mundial que en definitiva lo hará caer.  En un estudio publicado en 1954, Juan Pablo Oliver proporciona datos sugestivos para caracterizar la asonada del 90.  Dice Oliver: “Se declara la renovación presidencial y el “unicato” de Juárez Celman tenía asegurada la elección del sucesor, pues contaba con todas las situaciones provinciales (excepto Buenos Aires) y con holgada mayoría parlamentaria.  También estaba en su favor lo que generalmente se llama “la opinión” o sentido dominante del país en un momento dado: los nuevos ricos y nuevos argentinos, los industriales y los inmigrantes, los masones garibaldinos y las fuerzas armadas, los situacionistas y hasta muchos opositores a quienes resultaba más fácil entenderse con Juárez Celman que entre ellos mismos.  Saldría así ungido su candidato, el joven Ramón J. Cárcano, talentoso hijo de un inmigrante lombardo radicado en Córdoba”. (3)

Es preciso agregar a estas palabras que “las situaciones” provinciales que apoyaban a Juárez y que constituían su verdadera fuerza nacional, no era sino el Partido Autonomista Nacional.

Aún a la distancia, el roquismo interior sostenía a una presidencia que a pesar de los errores y capitulaciones continuaba en línea zigzagueante la época inaugurada en el 80.  Prosigue Oliver: “Dificultades producidas en los mercados financieros europeos unidas a causas intrínsecas argentinas, provocaron el retractamiento del capital inmigratorio y del capital monetario y luego su repatriación.  Hacía falta tiempo o tino, especialmente respecto del dinero para aferrarlo y consustanciarlo al país como capital productor propio; así dejó de funcionar el “deus ex machina” propulsor de todo este progreso”. (4)

Durante el curso de la crisis los valores ficticios de las tierras se vinieron abajo; la exportación mantuvo su volumen (los ingleses comían), pero perdieron su valor (los ingleses aprovecharon para comer barato).  El oro huyó a sus nidos europeos.  Los títulos de la Deuda Pública se depreciaron; únicamente las acciones ferroviarias en poder de los inversores británicos, permanecieron firmes, cosa que no extrañará a nadie.  Los salarios perdieron su poder adquisitivo: las masas debían soportar, como siempre, las consecuencias de la crisis. (5)

Pellegrini desde Europa escribía: “Aquí empieza a descomponerse la plaza para las cosas argentinas.  El Financial News, decía días pasados: El Mercado sin novedad; la única noticia de sensación es que hace dos días no se ha presentado ningún nuevo empréstito argentino”.

El origen del pánico del 90 se ligaba a la política de exportación de capitales sobre el mundo colonial, bruscamente cortada por la crisis cíclica del capitalismo mundial.  La caída de los valores de la producción argentina y la insolvencia fiscal, permitieron a la Banca británica duplicar el valor de sus inversiones, sin entregar una sola libra más.  La Argentina percibió agudamente su fatal dependencia.  Al interrumpir Europa sus préstamos en 1889-90, el país hacía frente a una obligación anual de 135 millones de pesos en concepto de servicio de la deuda externa”. (6)

A pesar del constante aumento de los fletes, durante los últimos meses de 1887 y los primeros de 1888, la administración del Central Argentino los aumentó en un 36% en el mes de julio.  Los establecimientos de Cañada de Gómez se quejaron, ya que costaba más el flete de una tonelada de grano hasta Rosario, que desde Rosario a Liverpool.  En su mensaje presidencial al Congreso Juárez Celman ya había calificado los fletes de la compañía ferroviaria como “exacciones criminales e inicuas” y había declarado que la escasez de material rodante amenazaba con causar la pérdida de millones de toneladas de producción exportable.

Juárez Celman fue elegido “responsable universal” de esta catástrofe a la que era ajeno.  La oligarquía porteña conspiró contra él y los historiadores de todos los bandos –liberales, “izquierdistas” y clericales- forjaron la leyenda negra que aún lo envuelve.

La aristocracia conspira

La preparación efectiva del golpe del 90 estuvo asociada a un hecho simbólico: el alza del valor del oro.  El Gobierno tenía necesidad del precioso metal para responder a las exigencias de los acreedores europeos.  Esta angustia constituía un poderoso estímulo para la alta cotización del producto.

La oposición clerical, que no hacía sino buscar la primera oportunidad para desatar sus furias contra el gobierno juarista, las familias “distinguidas” de Buenos Aires y de la oligarquía bonaerense, los jóvenes aristocráticos de la ciudad virreinal que consideraban a los hombres del 80 y del 90 como a una “chusma provinciana”, consideraron que su hora había llegado.

La crisis del 90 cayó como un rayo paralizante sobre esa sociedad porteña sumida en el placer, repentinamente alzada a los gustos europeos más exquisitos; pareció de pronto que el país entero se hundía: pero “el país” no jugaba a la bolsa; ni tenía a su servicio mucamos de librea con botones de plata, ni frecuentaba las joyerías de la calle Florida, ni examinaba con ojo conocedor los rasos y las sedas importadas que el gran señor de Buenos Aires, entre jugada y jugada, o entre parición y parición, aquilataba con sus amigas.  Como por otra parte y al margen de esta aristocracia tradicional espléndidamente enriquecida por la marea crediticia y los altos precios agropecuarios, había surgido a la vida pública una generación política e intelectual predominantemente provinciana –la generación del 80-, el odio mundano se dirigió hacia ella.

La preparación del clima moral del golpe cobró carácter público con el llamado movimiento de “las tertulias”.  La iniciativa partió del Dr. Manuel Gorostiaga, prominente dirigente católico, y al mismo tiempo hombre vinculado a importantes actividades económicas.  Era en esa época Presidente del Banco de Consignaciones de Frutos del País.  Asimismo, el Banco de Crédito Real estaba en manos de los católicos, entre ellos Héctor Soto, Emilio Lamarca, Pedro Goyena, Angel Estrada.  Accediendo a una invitación formulada por Gorostiaga, un núcleo de destacadas figuras de la política y de la sociedad aristocrática porteña se reunió en un banquete “patriótico”, en el Café de París.  El propósito era conversar sobre la situación política y la manera de coordinar los esfuerzos, “por encima de los partidos” para luchar contra Juárez Celman.

Asistieron entre otros, José Manuel Estrada, Aristóbulo del Valle, Pedro Goyena, Manuel Láinez, Bernardo de Irigoyen, Leandro Alem, Emilio Mitre (7).  El banquete fue la señal para una serie interminable de tertulias donde los caballeros de la vieja prosapia tomaban té y hablaban de política.  El general Mitre se incorpora a las reuniones.  Con él, lo hicieron diversas figuras vinculadas a las actividades bursátiles cuyas fortunas y especulaciones peligraban con el ascenso del oro.  La crisis, lejos de atenuarse, se extendía.  En uno de los salones de la Rotisserie Mercier, un grupo selecto de la “jeunesse dorée” de Buenos Aires, constituía al fin un club político: Marcelo de Alvear, Rufino Elizalde, Augusto del Pont, Emilio Gauchon, Rómulo Naón, Octavio Pico, Luis Mitre, formaban su elenco inicial.  Esos apellidos indicaban por sí mismos el origen oligárquico de sus miembros.

En esas circunstancias, un núcleo de jóvenes intelectuales afectos a Juárez Celman decidió manifestar su adhesión al Presidente de la República por medio de un banquete.  La oposición llamó a esta reunión el banquete de los “incondicionales”.  Asistieron entre otros: Osvaldo Magnasco, Leopoldo Díaz, José S. Alvarez (inmortalizado luego como Fray Mocho), Telémaco Susini, Lucas Ayarragaray, Marco Avellaneda, Osvaldo Piñeiro, Tomas de Veyga, Paul Groussac, Juan Palestra y Ramón J. Cárcano, a quien se indicaba como sucesor de Juárez Celman.

Según puede observarse, estos jóvenes eran hijos de inmigrantes, provincianos pobres o segundones de familias tradicionales del interior venidas a menos ¡Cómo no merecer el desprecio y la burla de los buenos catadores de vinos de Buenos Aires!

La realización de este homenaje al presidente originó la publicación de un artículo tonante de Francisco Barroetaveña, joven admirador de Alem, que insertó “La Nación”.  Dicho artículo era una antología de lugares comunes y de flores retóricas que ya ni Mitre empleaba.  Pero surtió el efecto buscado por la oligarquía al acecho.  Esa fue la señal para la aparición pública del movimiento antijuarista.  Por su parte, el oro seguía implacablemente su alza.  Fue así como los especuladores se hicieron revolucionarios.

Al día siguiente de ver publicado su artículo, Barroetaveña, que era un modesto abogado de suburbio recién graduado, recibió una visita inesperada.  Los señores Carlos Zuberbühler y Carlos F. Videla venían en nombre de núcleos influyentes de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires a ofrecerle un banquete en un acto público que debía ser el primer paso en la fundación de la Unión Cívica de la Juventud.

El 1º de setiembre de 1889 se realizaba un mitin en el Frontón Florida.  Allí se recibieron nuevas adhesiones: Celedonio Bunge, Nicolás Avellaneda, Leonardo Pereira Iraola, Francisco Pereda, Belisario Huergo, Felipe Martínez de Hoz, Alfredo Ayerza.  Apellidos distinguidos no faltaban, aunque un movimiento patrocinado por caballeros semejantes, pese a la inclusión en la nómina del joven médico Juan B. Justo, no podía aspirar a la representación de las “masas populares”.

El general Mitre excusó su inasistencia al mitin, pero envió una carta con espirituales frases sobre “el despotismo” y “la corrupción”, temas cuyas variaciones fueron ejecutadas en la tribuna por Barroetaveña, Torino y otros.  Finalmente habló Alem, que había prometido el acercamiento con el intransigente partido católico, a pesar de su liberalismo ardoroso.  Para atraerse a sus nuevos aliados, el tribuno aludirá al “culto bastardeado”, señalando a la ley del matrimonio civil dictada por Juárez, y evocará las legiones que murieron en el Paraguay, lúgubre homenaje a Mitre.  Los católicos no estuvieron ausentes: el tribuno confesional Pedro Goyena dijo las frases que la ocasión requería.  Tres cosas unían tan sólo a sectores tan diferentes: la quiebra de los especuladores, su porteñismo, el odio a Juárez Celman.

La organización de este movimiento por los jóvenes aristocráticos, suscitó comentarios irónicos en los diarios oficialistas, entre ellos el “Sudamérica”, que dirigía Palestra, órgano calificado a su vez por la Unión Cívica de la Juventud, como redactado por “chusmas de malos antecedentes”.

Con ligeros cambios, estos mismos hombres de la Unión Cívica habrían de integrar, en el plan conspirativo del 90, el Gobierno Provisional.  Los documentos, artículos, discursos y libros de memorias publicadas sobre la Revolución del 90, atestiguan de manera concluyente dos cosas fundamentales: la primera, que fue un golpe típicamente porteño, sin que ningún hombre destacado, ni fuerza alguna representativa de las provincias figurase en los elementos dirigentes, ni en las manifestaciones públicas que precedieron al motín.  La segunda, que el tema dominante de la oposición “democrática” a Juárez Celman en las vísperas del 90, no era sino lamentarse, como dice Oliver, del “descrédito en que había caído el país ante los capitalistas europeos y los perjuicios que acarrearían a las fortunas privadas los despilfarros de desaciertos financieros del gobierno”.

La unanimidad de los historiadores de todos los sectores políticos juzgan a la revolución del 90 como un enfrentamiento entre el pueblo y la oligarquía.

La música de fondo en la preparación del 90, estaba compuesta por las “libertades públicas conculcadas”, la “ruina moral del país” y los derechos del pueblo, género en el que Alem y Mitre no admitían competidores.  Los clericales, en plena furia,  decían por boca de Navarro Viola, refiriéndose al gobierno de Juárez que “su Dios es el vientre”.  Para iluminar la tremenda dictadura de Juárez Celman baste decir que de los 34 periódicos que aparecían en Buenos Aires, sólo dos de ellos lo apoyaban, los 32 restantes lanzaban cada día oleadas de injurias, sarcasmos y calumnias personales.  Las revelaciones reales o supuestas sobre la vida privada de los ministros, se servían con el desayuno de cada mañana.  Las predicciones siniestras aludiendo a la catástrofe que se cernía sobre el país, habituaron el paladar público.  Ya se sabía quién era el culpable; se imponía ajusticiarlo.

El candidato oficial a la presidencia era el joven cordobés Ramón J. Cárcano.  ¡Otro cordobés!  Esto dio motivo a la Unión Cívica de la Juventud para demostrar una vez más su carácter “popular” y “democrático”.  Entre otras cosas peores, Cárcano fue llamado “jovenzuelo advenedizo levantado de la nada…. rodeado de una ralea de advenedizos ensoberbecidos… (8)

La juventud elegante se disponía a salvar al país.

El apóstol del credo

El movimiento cívico había conmovido a la ciudad hasta sus cimientos.  La prensa opositora arrojaba combustible a la hoguera; el oro subía implacablemente, al tiempo que fracasaban todas las medidas de la alquimia financiera ensayada por los ministros de Juárez para contenerlo.  Por lo demás no se trataba tanto de que el oro subiera, sino más bien de que viajaba, cuidadosamente depositado en las cajas fuertes de los vapores ingleses.

La desesperación de agiotistas se había tornado mística.  La maldición del oro se fundía en sus conturbados espíritus con la maldición encarnada en la figura paganizante del Presidente.  En esta extraña revolución el moralismo rayó a mayor altura que en ninguna otra de nuestra historia. Los quebrados se abrazaban a la ética como a una sustancia mágica capaz de conjurar el rayo.

La Unión Cívica de la Juventud decide convocar a otro mitin el 13 de abril.  Esta reunión debía ser el punto de partida de la unificación de todas las fuerzas políticas de la ciudad porteña contra el juarismo.

El acto se abre de modo espectacular.  Entre esa masa inmensa de damnificados, penetrado de delirio cívico, avanza hacia la tribuna el orador clásico de Buenos Aires, diríase Buenos Aires hecho hombre, su profeta y encarnación mística.  El general Mitre abandona su gabinete de estudio donde masacra en sus libros a los gauchos que un día masacró en la realidad, para incorporarse al dolor público.  Luego de las palabras de Mitre, habla Berroetaveña el hijo espiritual de Alem, abogado entrerriano, joven y humilde, está deslumbrado por su repentino ascenso a las altas cumbres de la política.  Y aparece, por fin, en la tribuna, entre las aclamaciones de un público trastornado, Leandro Alem.  El hijo del mazorquero, el caudillo de Balvanera, amigo de carreros y doctores, con el sombrero un poco ladeado signo quizás de su guapeza jamás desmentida, es el hombre del centro y del suburbio, apóstol de un nuevo credo.  Está allí, en el 90, y como antes y después del 90, estará siempre cerca de Mitre, aunque guardando su soledad orgullosa en la misma línea fundamental.

Ha tenido duelos, luchó en la guerra el Paraguay, es pobre y austero, se opuso a la federalización de Buenos Aires.  Romántico, parece un monje laico de la acción cívica.  Pero toda su política y sus arrebatos coinciden siempre con los intereses de Buenos Aires.  El pobre contenido de su arenga está en relación con esa política.

La pera militar, el poder magnético del iluminado, su postura de orador, su emoción que se transmite, todo en Alem cautiva a su público, que exige algo realmente milagroso para salvarse de la bancarrota.  El caudillo popular, después de las palabras desmayadas de Mitre, que otea en el horizonte su candidatura presidencial, ha electrizado los espíritus.  Al disolverse en la tarde, después de tres horas de copiosos discursos, la manifestación conserva en sus oídos las últimas palabras de Navarro Viola, el orador católico:

“La crisis no es ministerial sino presidencial: lo repito, lo repite el país entero, que maldita la esperanza que tiene de que el oro baje, si el Presidente no baja con él”.

La conspiración ha creado su clima en la calle y los porteños ya tienen su fórmula.

Quienes financiaron el golpe del 90

La contrarrevolución del 90 fue la réplica oligárquica, con sus inevitables aliados de “izquierda”, a la revolución del 80 realizada por el nacionalismo democrático y la nueva generación.  Es de alto interés histórico y político saber quiénes financiaron el golpe; aún en nuestros días se pretende fijar en esa fecha el acta de nacimiento del radicalismo y de la democracia argentina moderna.

La “unión democrática” del 90 estaba formada por banqueros agiotistas, terratenientes, comerciantes, importadores, jóvenes asesores de empresas extranjeras, hombres de club y abogados modestos como Leandro Alem, a quienes sus aliados mitristas llamaban por lo bajo “hijo de mazorquero” o “Robespierre de Balvanera” y al que utilizaban en sus maniobras. (9)

En el trabajo ya citado, el Dr. Oliver explica claramente cómo se financió la contrarrevolución:

“Los fondos necesarios relativamente cuantiosos, fueron arbitrados por el tesorero de la Unión Cívica, don Manuel A. Campos, ex presidente del Banco de la Provincia, quien obtuvo los principales aportes, además del suyo propio, de su cuñado el banquero Heinmendhal y de su padre, ex candidato derrotado a la presidencia como rival de Juárez Celman; del banquero Ernesto Tornquist, en cuya casa se efectuaron varias reuniones y de los señores Juan José Romero, Leonardo Pereira Iraola, Félix de Alzaga, Torcuato T. de Alvear; el Dr. Carlos Zuberbühler aportó el resultado de una colecta que tomó a su cargo, y el Dr. Miguel Goyena el de un aporte innominado que irónicamente se apuntó como el del señor Juan, quizá por las iniciales”.

Tales fueron los financistas del motín que ha tenido “buena prensa” en nuestra literatura histórica renuente por lo general a entusiasmarse con las revoluciones verdaderas.

Preparado de tal suerte el golpe contra Juárez Celman, se produjo el 26 de julio de 1890.  Estalló en pleno centro de Buenos Aires al sublevarse los batallones de guarnición en la Capital.  El brote de guerra civil en medio de la ciudad produjo una alarma general.  Inmediatamente surgieron mediadores probablemente bajo la inspiración del general Roca, que aunque alejado políticamente del gobierno y alentando seguramente la caída de Juárez, se colocó en ese momento a su lado para apoyarlo frente a la oligarquía y también para dominarlo.

El golpe era típicamente porteño; la sed de revancha por la federalización del 80 subsistía; el odio al provinciano se avivó con la crueldad de la crisis y la inminencia de la sucesión presidencial.

Pero si el interior y todo el Ejército permanecían fieles al gobierno nacional, Montevideo, en cambio estaba con los revolucionarios.  Esa ciudad puerto, al igual que Buenos Aires, era una plaza fuerte del comercio imperialista y su clase media demuestra hasta hoy, junto a la pequeña burguesía porteña, una curiosa ineptitud para adquirir una conciencia nacional.

La influencia ideológica predominante en Montevideo es patrimonio secular del imperialismo “democrático”; para guiarse en la política argentina bastará saber qué piensa la “democracia uruguaya”; el método es infalible y tampoco fracasó en el 90.

La lucha fue breve.  Carlos Pellegrini, vicepresidente y hombre estrechamente asociado a Roca fue el alma de la represión militar.  Todo el ejército argentino sostuvo al gobierno de Juárez.  El gobierno de Juárez Celman llamó a la Capital a varias unidades del interior.  El ministro de Guerra, general Lavalle, dominaba ampliamente al Ejército, excepto parte de la guarnición porteña.  El órgano mitrista “La Nación”, refiriéndose al predominio militar del gobierno decía: “No tenemos oro, pero lo que es acero…”.

Pero la crisis financiera hacía furor y Juárez Celman carecía de base para seguir en el gobierno.  Tuvo éxito de corrillo la frase de Manuel Dirimo Pizarro, católico de Córdoba: “la revolución esta vencida, pero el gobierno ha muerto”.

La renuncia de Juárez contribuyó a desarticular las maniobras de la oligarquía porteña.  Al voltear al presidente la reacción clerical mitrista obtuvo un triunfo mediocre.  La generación del 80 continuaba en el timón en la persona de Carlos Pellegrini.  Si el juarismo como tal había caído, si la candidatura de Cárcano se había volatilizado entre la pólvora de los encuentros callejeros, no era menos cierto que el objetivo central de la conspiración había fracasado.  El hombre más influyente del Partido Autonomista después de Roca, pasaba a ocupar la presidencia.

Desaparecida la presión moral que los bolsistas, especuladores y ganaderos habían creado para facilitar la movilización política contra Juárez, Francisco Barroetaveña, “revolucionario del 90”, analiza amargamente el movimiento frustrado:

“Es triste confesarlo: el pueblo se lanzó contra el gobierno del doctor Juárez Celman alistándose bajo la bandera reaccionaria de la Unión Cívica, menos por amor a la libertad que por salvar sus intereses económicos, menos por defender sus derechos que por conservar sus propiedades”.

La noche de su renuncia, el doctor Juárez Celman cenaba solo en su casa de la calle 25 de Mayo 549 –hoy caserón vacío y nostálgico- cuando algunos grupos de manifestantes recorrían la ciudad festejando su caída.

“Ya se fue, ya se fue, el burrito cordobés”, gritaban.  Toda la soberbia miope del localismo porteño se encerraba en el refrán.  Así vengaba Buenos Aires en el 90 la victoria nacional del 80.

La caída de Juárez Celman y la presidencia de Carlos Pellegrini, si bien alivió la tensión política, no conjuró la crisis.  El oro continuó subiendo, las fortunas se deshacían cada mañana.  Todo el sistema financiero se gangrenaba.

Referencias

(1) Ferns, Henry Spencer – Gran Bretaña y Argentina en el Siglo XIX.  Colección “Dimensión Argentina”.  Editorial Solar/Hachette. 1968.

(2) Ferns, ob. cit., p. 410

(3) Juan Pablo Oliver.  La revolución del 90, Revista Esto Es, 10 de agosto de 1954.

(4) Ibídem.

(5 )Rivero Astengo.  Pellegrini, p.241, Tomo II.

(6) Ferns, ob. cit, p. 412

(7) Luis V. Sommi.  La revolución del 90, Ed. Monteagudo, p. 82, Buenos Aires (1948).

(8) Rivero Astengo.  Juárez Celman

(9) Manuel Gálvez.  Vida de Hipólito Irigoyen, Ed. Tor, Buenos Aires (1951)

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta e Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Ramos, Jorge Abelardo – Revolución y Contrarrevolución en la Argentina.  Del Patriciado a la Oligarquía (1862-1904), Buenos Aires (2006).

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