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ZOO PORTEÑO: un centro de detención y exterminio.

El Zoológico de Buenos Aires es una colección zoológica abierta al público situada en la ciudad de Buenos Aires, capital de la Argentina. Posee una superficie de 18 hectáreas, y se encuentra ubicado en el barrio porteño de Palermo, frente a la Plaza Italia. La entrada principal se encuentra en la esquina de la avenida Sarmiento y la avenida General Las Heras. Hacia 2015 alberga 2000 especies, entre ellas 89 especies de mamíferos, 49 especies de reptiles y 175 especies de aves, sumando un total de más de 2500 animales.

El primer director fue Eduardo Holmberg, quien fue designado en 1888 y permanecería en su función durante 15 años. Holmberg fue el encargado de proyectar la ubicación de los diferentes parques, lagos y avenidas, y comenzar con la exhibición que en ese entonces contaba con 650 animales. En esa época los zoológicos no tenían las funciones que poseen en la actualidad, ya que su función era simplemente la de un paseo recreativo, por lo que el predio contaba con muy poco espacio para los animales y mucho para la recreación de los visitantes. La arquitectura de los edificios donde eran exhibidos los animales respondía al país de origen de los mismos, es por esta razón que fue declarado Monumento Histórico. El «Palacio de los Elefantes», inaugurado en 1904, es una réplica de un templo hindú de Bombay.

Tal vez a alguno le alcance para explicar las condiciones paupérrimas como pasan sus horas los animales diciendo: “Si no les importa como viven los chicos, menos les importará como viven los animales” y, sin embargo, la cita es una explicación muy corta en cuanto a los valores de las personas y la sociedad.

Precisamente porque vive alguno encerrado en sus miserias en todo orden, no son justamente los ancianos, los chicos y tampoco los animales a quienes se cuida y se los proteje prioritamente.

Las sucesivas administraciones hasta que fue puesto a remate -para negocio de pocos y sufrimiento de todos, en plena época menemista con la rifa de los activos públicos el zoológico fue concesionado. Largos y extensos meses cerrado para que el concesionario pudiera cobrar la entrada al paseo antes público, a pesar de toda de vehemencia de todo aquello  que se había logrado: de esta forma el público porteño debía pagar el negoccio ajeno. De esta forma la comida de los animales no la vendía sino el concesionario, antes los padres de los niños que visitaban el paseo.

¿Los animales? siguieron teniendo diarrea los lunes y martes debido a las galletitas que comían. ¿La diferencia? No otra que que quienes lucraban con la venta de estas porquerías era el concesinario… Los zoo son una de las expresiones más inobjetables de la ética victoriana en donde un grupo de hombres que dominan las demás especies -incluídos la propia dejada a la buena de Dios-, destinan a los animales a ser simples espectadores de su trágico destino con vivencias cuando jóvenes que hacen llorar el corazón. Así las cosas, los zoológicos reducen a los animales a un habitat son por demás escueto sin ninguna comodidad, con escasa atención médica y alimento insificiente.

Así las cosas, lo natural es el salvajismo de vender alimentos para animales, los centros de detención, la condena a dar testimonio de todo aquello que no se debe hacer “para alegría de los niños y la tranquilidad de los padres” como decía un cartel disperso por allí.

Así las cosas que cuando empezaron a sospechar el gran negocio que era el zoo porteño tardaron muchos años en buscar la forma y al final lo lograron.

“Clemente Onelli fue director desde 1904 a 1924, y su gestión le dio un gran impulso al Jardín Zoológico. Onelli le agregó un aspecto didáctico al zoológico, ya que implementó paseos en ponis, elefantes y camellos, aumentando la cantidad de visitantes durante el primer año de su gestión de 1500 a 15 000”, tardaron sí, qué duda cabe, aunque debieron encontrar la vuelta discursiva quedándose con las ganancias producidas de la venta de la propiedad pública.

Y en donde todo ese desquicio, los hechos de los zoológicos como el porteño y el de Colón, Provincia de Buenos Aires, son la consecuencia del quehacer de unos pocos ante el sufrimiento de las demás especies y del abandono de aquellos que muy poco pueden presentar en el área de los valores y en tratamiento de quienes más necesitan del Estado…

 

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