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“Porque inicié una Escuela para la Paz” Escrito en el año 2000

Gabriella Roncoroni motivada a Educar para la Paz, una Mujer visionaria, de elevados ideales llevados a la acción, quien impulsada por su amor incondicional, empatía y esas ganas de brindarse al servicio, creando y enseñando a plasmar una Conciencia y Paz Planetaria.
La Chacrita de los Colegiales se enorgullece de contar con Giorgio Christeller quien nos invita a conocer a su madre Gabriella Roncoroni a través del siguiente artículo escrito por ella misma en ….. Iremos enriqueciéndonos con su pensamiento, fundado en la no violencia, sabiendo que su persona y obra la trasciende generosamente.
Así es, cuando entramos en resonancia cuando nos alineamos con nuestra misión todos nos va entrelazando, conectando unos con otros, donde el amor prevalece siempre y se multiplica. Se continúa con el legado que plasmó Gabriella Roncoroni, junto con la Familia Scorzesco en 1982 creando el Jardín de Infantes “Colmenita” y luego la primaria en la “Escuela del Siglo Nuevo” para transmitir a la sociedad una educación en valores universales centrada en lograr una buena vida física, mental, ética y espiritual, desarrollando la autoconfianza y la autorrealización para ser personas felices y de amplia consciencia planetaria.
En este 2021 con la convicción, puedo decir que sí es posible Personas más conscientes, donde el Amor y el brindarse al prójimo, sea el faro que nos indica el camino a tierra firme, iluminándonos; sea el movimiento de las mareas que nos toque transitar, es el punto de partida.
Sin duda alguna somos muchos los que estamos en el camino. Y la vida gracias a su sincronía nos va interelacionando para multiplicarnos y continuar llevando a cabo estas enseñanzas universales.
Gabriella Roncoroni es un ejemplo, una vecina necesaria que plasmó su impronta en nuestro Barrio de Chacarita y en la Sociedad.
En el siguiente artículo, su hijo Giorgio Christeller nos comparte un escrito de Gabriella Roncoroni.

 

SN: Porque inicié una Escuela para la Paz

 

Dedicado a RabindranathTagore, a María Montessori,

a Krishnamurthi, a Aurobindo, a Sai Baba

y a l’air du temps

 

No es fácil instalar una idea en una sociedad. Los pies del Espíritu Santo no usan zapatos, ni se ven. Pero las ideas caminan.

La urgencia de educar para la paz no se apoderó de mi cerebro después de la ruina de Europa por la Segunda Guerra Mundial que me agarró adolecente. Se apoderó de mi cerebro después de lo que se llamó ‘El Proceso’, aquí en Argentina, donde había llegado en 1946, buscando la paz.

Creo que es propio del espíritu humano buscar lo que se necesita, y si no se lo encuentra, inventarlo, crearlo.

Ahora no recuerdo si era invierno o verano en Italia, cuando Hitler mandó rescatar a Mussolini de la cárcel en el sur, para restaurar en el norte un gobierno fascista, la República di Saló.

De un día para el otro, el alivio experimentado con el armisticio se acabó: mamá escondió sus alhajas en un agujero debajo de un árbol, mi hermana y yo no alcanzamos a saludar nuestros caballos ni a nuestros perros, ni a nuestras praderas y bosques y jardines, ni a nuestros amigos. Fuimos empaquetadas y escondidas con mamá y papá, en un camioncito que nos dejó en la frontera suiza; ahí unos contrabandistas nos guiaron por la montaña y nos dejaron del otro lado. Teníamos lo puesto, y yo las cartas de mi novio. Caminamos unos pasos en el bosque y se oyeron unos tiros: no olvido ese sentimiento de liebre perseguida que sentí en aquel momento.

No volvimos a habitar nunca más esa casa de campo del abuelo, con sus delicias de paisaje y los Alpes nevados que se veían desde la ventana.

Tampoco volvimos a ver nuestro departamento en Milán. Mi novio vino a casarse en Suiza para llevarme a Rumania donde trabajaba; mi ajuar había llegado también por las montañas con otros contrabandistas y en la foto de despedida en el tren hacia mi nuevo destino, yo lucía un sombrero de señora: tenía 18 años. La estación de Innsbruck en Austria, por donde tenía que pasar nuestro tren hacia Hungría y Rumania fue bombardeada minutos antes que llegáramos.

Así salvamos la vida, pero se complicó el viaje: que era mi viaje de boda. Bucarest de invierno estaba llena de cuervos y de nieve, y al poco tiempo comenzaron los bombardeos finales, dos veces por día.

En Milano teníamos sótanos donde refugiarnos, en Bucarest no, eran edificios nuevos; si no nos tocaba la bomba, nos afligía la falta absoluta de agua, las colas con baldes a los pozos, el olor de los baños y las cocina sin aseo. Barbarie era eso también, junto a las filas de carros de campesinos que huían con hijos y animales frente al avance del ejército enemigo.

Los recuerdo, y recuerdo que fueron exterminados por el ejército comunista cuando ocupó la capital.

Mientras tanto, habíamos tenido que huir de ahí también; yo estaba embarazada, y tomamos el último avión que pasó raspando por sobre los Montes Cárpatos porque era un avioncito alemán y por encima, pasaban las formaciones de bombarderos aliados que seguían castigando Rumania, para facilitar la invasión rusa.

Por segunda vez perdí mi hábitat, mi primer departamento de casada y no volví a verlo nunca más.

Nuestro primer varón nació en Suiza, donde nos habíamos refugiado.

Al terminar la guerra vinimos a Argentina por insistencia mía: yo había vivido entre dos guerras y me negaba a aceptar que nuestro hijo llegara a ser “carne de cañón” en una próxima guerra.

Ahora mi marido había perdido todo. Yo tenía un abuelo que iba y venía de Argentina, donde había nacido, y había heredado grandes bienes, que junto al vago concepto de Pampa y Gauchos, poblaban los encuentros de la servidumbre en nuestra familia.

Proyecté entonces en ese mítico Sur de nuestra familia, la dimensión de PAZ que yo añoraba. “Vámonos lejos! Al extremo sur, lo más lejos posible.”

Pero en 1946, cuando llegamos a Buenos Aires, con asombro y consternación volví a oír marchas y slogans por los altoparlantes de las esquinas: parecía haber vuelto 20 años atrás, con las peroratas fascistas, al adoctrinamiento y sus pros y sus contras.

He pasado más de medio siglo en este maravilloso país, amo su variedad geográfica y conmueve mi corazón planetario la variedad de su gente: no creo que haya otro país con población más universal en cuanto a origen, mezcla, idiosincrasia: éste es el único melting point logrado, según Alain Tourraine.

Hay también una tal mezcla de “tiempos” entre la Capital Federal y un asentamiento Pilagá o Tehuelche; que yo, europea, jamás hubiera podido vivenciar en mi continente. Curiosa como soy de todo lo cósmico y lo humano, agradezco al destino el vivir aquí.

Sin embargo en 1971, cuando mi hijo fue preso y torturado por haber participado en la resistencia peronista, hizo crisis mi ser y todas sus contingencias.

Lo seguí en varias cárceles y observé las divisiones y conflictos que existían entre los presos y también entre los familiares: eran bandos irreconciliables, aún en esa situación límite e insoportable.

Los oía cantar sus canciones o marchas partidarias, no podía comulgar con ninguna; nada me consolaba a mí, refugiada de otra guerra.

Creo que en ese crisol de soledad y piedad empezó a gestarse en mi alma la necesidad vital e intelectual de EDUCARNOS PARA LA PAZ.

No escribo re-educarnos, porque no me consta que en ninguna época de la historia humana nos hemos propuesto explícitamente este tipo de educación.

¿Cómo es posible? No existía la violencia absoluta, la atómica, no existía la conciencia global, la información instantánea planetaria. Ni existía el ultimátum planetario que presentimos, consciente o inconscientemente, todos hoy; ni en la mentes.

¿Por qué la UNESCO no creó escuelas en todo el mundo para este propósito fundamental? Me sucedió a mí entonces la visión y la misión de crear Siglo Nuevo: una escuela primaria para educarnos para la paz.

Desde el principio pensé que iba a ser una escuela de conciencia. No siendo ni docente ni argentina, no tenía la menor idea de cómo iba a ser. Seguí mi instinto de absoluta necesidad: tal vez el Holograma Cuántico nos guió a lo largo de 13 años muy difíciles.

Con marchas y contra marchas, malentendidos y búsquedas incesantes, hemos aprendido lo complejo y lento que es instalar una idea en la sociedad.

Siglo Nuevo fue un laboratorio de contradicciones, fracasos y logros en cuyas probetas, el Proyecto de Conciencia Planetaria y Educación en Valores Humanos Universales se afianzó y creció.

Ahora, para el inicio de la década de la Cultura de la Paz, este Proyecto podrá implantarse en muchas más escuelas.

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